Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de mayo de 2014

EL BAÚL





Cierro los ojos cada vez que meto la mano en el baúl de la abuela para sentir cada una de las vivencias que tiene oculto e imaginar como fue ella en esas fotos desaparecidas de su juventud. Siempre he querido ser como ella, tener su valentía y su coraje. Al llegar al fondo siempre tropiezo con las peinas y orquillas de su moño y con sus pantaloncitos cortos de domingo de su niñez.


(c) Sebastián García Hidalgo
Incluido en Bocados sabrosos III

martes, 22 de abril de 2014

DE NIÑA A MUJER





A las diez horas.
Lucía nació gordita, con casi muñones en vez de manos. No se diferenciaba bien donde se iban articulando cada una de sus extremidades. Después de pasar varias horas la niña ya tenía mejor color. Está sonrosada, su piel brilla al tensarse cuando dobla sus bracitos. Todo en su cara es alegría, al rozarle sus mejillas con los dedos se ríe y, pletórica, suelta sonoras carcajadas.

A los cuatro años.
Es su primer día de clase en el jardín de infancia. El mismo día que cumple años empieza su carrera en la enseñanza. Lucía va creciendo y a la vez estilizando. Quedan atrás esas carnes rollizas. La tez se le va palideciendo, va tomando un color más uniforme.
Aún no se viste sola, pero ya sabe lo que le gusta ponerse y lo que no.  Cuando algo no es de su agrado pierde la sonrisa y se transforma en un mohín de rebeldía.

A los diez años.
Ella no lo sabe, pero este será el día en el que todo cambiará en su vida. Los padres de Lucía tienen su última discusión como feliz matrimonio. Desde su dormitorio escucha cómo se insultan con reproches y desdenes. La cabeza bajo la colcha no le sirve para amortiguar ese martilleo en sus oídos, demasiado pequeños para aquella tortura. Tantos años de aguantar todas esas peleas le han servido para hacerse fuerte, pero no inmune.
Está muy alta para su edad pero también por etapas demasiado escuálida. Los días en que la relación de sus padres empeora ella deja de comer, se le cierra el estómago y alguna de esas rachas puede durar semanas, demasiado tiempo para una niña como ella.

A los dieciocho años.
Lucía lleva viviendo ocho años a galope entre dos ciudades, distantes más de doscientos kilómetros. Hoy cumple su mayoría de edad y desearía como regalo de cumpleaños el acercamiento entre sus progenitores. Llevan más de cinco años sin hablarse más de lo necesario  e imprescindible, que es lo relacionado a su hija. Cada uno tiene ya su vida rehecha y ella con el corazón roto y dividido.
Como no ha conseguido reunirlos a todos para la celebración, ha decido festejar con sus amigos y con su novio. Lucía es una post adolescente bellísima. Alta, delgada, de piel clara y a sus pómulos han vuelto aquellos brillos sonrosados de cuando bebé. Luis le ha devuelto la alegría y la ilusión por vivir. Reza cada noche para que a ellos no les pase lo mismo que a sus padres y que nadie sufra por su separación como ella lo ha hecho durante todos estos años.



(c) Sebastián García Hidalgo

sábado, 21 de diciembre de 2013

LA BÚSQUEDA





Quizás mañana cuando vuelva como cada día a abrir el armario de la cocina lo encuentre. Miraré de reojo por si acaso se mudó para que no lo alcance. Al final en el último rincón alargaré los dedos. Me da vergüenza reconocerlo. Han pasado ya demasiadas décadas por mis espaldas, pero la textura del chocolate amargo en mi boca derritiéndose es algo que se me hace irresistible.



(c) Sebastián García Hidalgo





viernes, 6 de diciembre de 2013

MALA NOCHE





Creo que aun tengo las lagañas. Llevo los ojos pegados. Que trabajo me cuesta ponerme en pie. Me ha costado arreglarme como cada día. Ya soy como un autómata que sigue una rutina diaria y que tiene bien estudiados y planeados cada uno de los movimientos. Cómo envidio a Rafael, que aprovecha el calor de las sábanas durante un par de horas más. Debería buscarme un trabajo más cerca, como tiene mi marido. Ya he perdido la cuenta de los trasbordos que tengo que hacer en las distintas líneas de metro.

Son las seis y el vagón empieza a tener los primeros pasajeros que, como yo, comienzan su rutinaria jornada. Estoy cansada, que poco he dormido. Teresita otra vez está mala. Deben ser los dientes. Toda la noche en vela deambulando por mi cuarto. Ha estado con alguna décima de fiebre. Si tuviéramos que echar los dientes ahora de mayores seguro que no lo soportaríamos. Nada más pensar cuando intentan salir rompiendo la encía. ¡Qué dolor! Se me revuelve todo el estómago.

El vagón va a rebosar. No me gusta el contacto con gente que no conozco. Me repugna que mi piel roce otra piel extraña. Y tocar la barra de sujeción del metro, eso ya me desquicia. Virus, bacterias, mugre, restos de un individuo desconocido. Cuando llego con Teresita de la calle de haber estado en el parque lo primero que hago es meterla en la bañera. El verla jugar en el cajón de arena y luego pasar sus manitas por las cuerdas del columpio me repulsa, pero debo dejar a la niña danzar a sus anchas y no convertirla en una compulsiva obsesiva como yo. En el bolso siempre llevo el paquete de toallitas húmedas para limpiarle las manitas cuando salimos del recinto.  Ayer tarde, al meterla en su baño tras el juego en el parque con los demás, descubrí la destemplanza de la pequeña. Pensé que sería un virus, alguna infección estomacal o cualquier otra enfermedad banal de niño pequeño. A sus dieciocho meses aun no me acostumbro a descubrir cual puede ser el mal que la aqueja. Que difícil es ser madre primeriza e hija única que nunca ha visto criar otro hermano.

Hoy no he tenido ganas de peinarme y sólo me he cogido una cola de caballo bien tensa. No me ha importado que a mis veintisiete años ya tenga el pelo poblado de canas. Con la melena suelta lo disimulo un poco más. Cuando salga de la oficina tendré que pasarme por el Mercadona a comprarme el tinte cobrizo para cubrirme los primeros síntomas de mi transformación en Copito de nieve. Los empujones en cada una de las paradas de metro me sacan de mis pensamientos y me hacen volver a la realidad. Apretujones, carreras, prisas y yo solo pensando en mi pelo y en mi pequeña enferma. Le he dicho a Rafael que no la lleve a la guardería que la deje en casa de su madre. A la abuela le gusta cuidar de su primera nieta. Le ha costado pero por fin ha tenido una nieta, mis cuñados todos han tenido machotes, para que no se pierda la estirpe. Sé que ella la tendrá bien atendida. Demasiado consentida, pero bien cuidada. Pero para eso están los abuelos: para dar los caprichos a los nietos. Para hacer con ellos lo que no pudieron hacer con sus hijos, ya fuera por falta de tiempo o por la incoherencia de la juventud. La madurez nos hace ver la vida de otra forma. Cada vez está más cerca el fin y por ello hay que aprovechar cada instante. Cuando se es joven se tiene toda la  existencia por delante o al menos eso nos creemos o nos hacemos creer.

Antes de salir he tenido que preparar la bolsa con la ropa de Teresita para que Rafael se la deje a su madre. Sé que él es capaz de arreglarla, pero me quedo más tranquila si lo hago yo personalmente. Sino estaría toda la mañana llamándolo. La abuela también tiene de todo, normalmente la dejamos en su casa cuando está enferma, pero ya lo he dicho antes “haciéndolo yo me quedo más tranquila”. Biberones, leche en polvo, aunque para desayunar sería mejor que le diera un poco de fruta triturada. Anoche no comió nada y le vendría bien meterse algo en el estómago además de la leche. Luego llamo a mi suegra para ver como está y se lo comento.  También le he echado unas mudas por si se mancha. Creo que tendrá suficiente.

Corro para cambiar de línea, por fin mi último transbordo antes de llegar al trabajo. Menos mal que traigo en el bolso la pashmina. Cuando salga de la boca del metro seguro que hace fresco. Empiezan a refrescar ya las mañanas. Anoche hacía frío. La niña pasó toda noche destapándose. No quería apartarme de su lado. Mi madre siempre me ha dicho que la fiebre hay que sudarla. La niña es muy pequeña y no creo que sea bueno que se enfríe a esas horas estando malita. Así que casi no me moví de su cunita. Duerme en la misma habitación que nosotros, pero para poder llegar a la cuna tengo que salir  de mi cama y destaparme. Menos mal que antes de meterme en la cama me puse ya el pijama de invierno, porque con el de verano hubiese pasado frío tanto ir de un lado para otro del dormitorio. Rafael casi ni se inmutó en toda la noche. Cuando Teresita está enferma él normalmente ni se entera. Tiene un sueño muy profundo. Es mi pequeña. Es mi niña. No me importa tener que pasar la noche en vela para cuidarla y ser su enfermera.

Antes de subir a la oficina me pararé en la cafetería de la esquina a tomarme un café y llamar a Rafael desde el teléfono público que hay dentro. Aun estará en casa de su madre y a punto de ir a su trabajo. Seguro que se ha olvidado de algo.




(c) Sebastián García Hidalgo



lunes, 28 de octubre de 2013

SOLEDAD






Derecha, derecha, vuelta a la plaza, cojo la primera  calle y al final del todo la casa de mis padres. Me bajo del coche, ojalá no estén en casa, no quiero que vean que vengo todo el viaje llorando. No quiero que mi madre sufra por mis ojeras. He tenido suerte parece que no hay nadie, que la casa está sola. Meto la llave y tengo que dar tres vueltas. Decidido estaré a solas, cuando hay alguien en casa no echan la llave. Subo al cuarto y me tiro en la cama. Ha sido duro el viaje, tanta lágrima derramada, tantos quebraderos de cabeza de tanto pensar, tantos sin sentidos y recuerdos que me crean tanto daño. Me tiro en la cama y sigo llorando las pocas lágrimas que me quedan aun por derramar.

Escucho gritar a mi madre, me he quedado dormido aquí echado. Mi madre toca la puerta. Me levanto. Me miro en el espejo de mi cuarto, odiosas ojeras que no me dejan vivir estas últimas semanas, ojos hinchados de llorar y dormir. Si me preguntan les diré que es de haberme quedado dormido, no quiero que mi madre sufra mas que yo, que sufra mas de lo necesario. Ella me mirará. Yo le mentiré y ella hará que se lo cree, aunque por  dentro llore en soledad de ver como su niño llora y sufre.

Cierro los ojos y me pongo a relajarme con las notas de Vangelis. Necesito evadirme, centrar mi vida y recolocar todo de nuevo en mi mente. Suena la primera nota y cae la primera lágrima por mi mejilla. Aprieto fuerte los párpados pero eso no hace parar el reguero. Suena el zumbido del Messenger, no tengo ganas de hablar, ¿quién será? A solas, quiero estar a solas, no puedo ni quiero mantener una conversación con nadie ahora. Otro zumbido quién coño será, no quiero que nadie me moleste, sólo quiero oscuridad, soledad y muerte. Debería apagar el ordenador pero es la única unión que tengo con el mundo, es la única realidad que me acompaña aunque sea cibernética. A solas, quiero estar a solas, en la oscuridad de mi cuarto, con mi cuerpo y mi mente en sintonía, pero con mi corazón muy lejos.
Debo dejar de llorar, pero no puedo. Mi mente me dice que me estoy torturando innecesariamente y mi corazón que debo seguir llorando por la persona que más he querido.
Sigo ordenando mi mente y mis recuerdos. Aquí dándole vueltas a la caja de cartón que juntos compramos en el Ikea para guardar los trozos de nuestra vida juntos. Fotos de días inolvidables, fotos de días que mejor olvidar. Cartas de aniversario, tarjetas de amor, el papel de regalo de nuestro primer mesario. El azucarillo de la primera vez que fuimos juntos al Starbucks. Entradas del cine de aquella película que no vimos hasta el final. Trozos de su corazón de cartón. Billetes de autobús de cada vez que nos reencontrábamos. Y nota de despedida.
“Mejor dejarlo aquí, necesito pensar, organizar mi vida, necesito un tiempo para saber lo que de verdad siento. Necesito paz y vivir.”

Un mes desde aquella nota. Un mes desde que no le he vuelto a ver. Un mes sin saber que fue de él. Un mes y aun no pasé el duelo por su pérdida. Sigo llorando cada vez que lo pienso, sigo llorando cada vez que lo creo olvidado. Un mes sin recibir ninguna otra explicación distinta a aquellas palabras del papel. Un mes secándome a cada segundo.

Me monto en el autobús y creo verlo, pero no, no es él. Lo miro y se parece tanto a él. Lo observo y una lágrima empieza a enjugar mis ojos al reconocer sus gestos en aquella persona, pero aquí no puedo llorar, en público no. Él no se merece la compasión de la gente hacia mí. Pero es que se parecen tanto que me hace dudar, pero no me mira, no me reconoce o no me quiere reconocer. Su rostro se refleja en la ventanilla y sin duda es él. La persona que durante más de un año amé. La persona que hoy después de un mes me sigue haciendo vibrar. La persona que después de haberme abandonado con una simple carta sigo amando.

Me he acercado y sí que era él. Ha  mostrado indiferencia, como si fuera un viejo amigo al que hace tiempo que no ve y  sólo saluda por compromiso, deseando que se vaya para acabar y no la persona que supuestamente amó.
Dice que ha comenzado nuevos proyectos, tiene nuevas expectativas que le va muy bien en la vida, que es feliz y que va a ver a su pareja.

Él va a ver a su pareja y yo voy a mi viaje a ninguna parte, con la cabeza agachada y mis lágrimas secas en el corazón.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

lunes, 9 de septiembre de 2013

HUIDA



A Ángel
“Ayúdanos a ayudar. Si eres joven y quieres colaborar con acciones humanitarias, ponte en contacto con nosotros.”
No sé que es lo que tendría este mensaje pero bastó para engancharme. Desde el primer momento que lo vi me interesó el tema, quizás era la mejor escusa para evadirme de la vida que llevaba hasta entonces. Hasta ese momento no era más que un joven fracasado con mi diplomatura de magisterio bajo el brazo, el cuál no había hecho otra cosa que patear las calles buscando un trabajo. La situación en la que me encontraba era de lo más amargante, necesitaba demostrar a los demás y sobre todo a mí mismo que servía para algo, que mi vida tenía algún sentido, alguna utilidad. Necesitaba cambiar de aires, renovarme, comenzar de nuevo y esta era la mejor oportunidad que me podían haber dado nunca.
Sin pensármelo ni una sola vez me acerqué sin duda alguna a la asociación. A los veinte días salí rumbo a Ruanda con unas cuantas de ropas y con una tonelada de ilusiones en la maleta.

Estaba preparando la maleta, recogiendo algunos libros y demás cosas cuando sonó la puerta de mi cuarto. Era mi padre ese que siempre creyó que yo sólo era un inútil, que sólo sabía vivir a su costa.
-¿Te das cuenta de lo que haces?
-Muchísimo- le contesté.
-Allí no vas a tener los lujos que aquí, allí vas a tener que trabajar muy duro.
-Para eso voy.
-No me seas cínico, sólo vas por un capricho.
-Papá, ¿es que nunca vas a confiar en mí?
-Yo sí confío, lo que no creo es que aguantes mucho allí.
-Pues si no lo aguanto ya me las arreglaré yo y apechugaré con el tema.
Estas conversaciones con mi padre me ponían malo, siempre me tenía como un inútil, el vago, el que no hace nada. Pero ahora le iba a demostrar todo lo contrario, que este holgazán iba a Ruanda y allí iba a trabajar como un negro, con perdón, y me iba a dejar la piel con esas personas que lo necesitaban.

Me monté en el avión, la única que había venido a despedirse fue mi madre, la única que había llorado por mi partida fue mi madre, mi padre tan sólo se limitó a decir: “ya volverá, no te preocupes mujer, ya sabes lo flojo que es tu hijo”. Esto la ponía aún peor, nunca soportó que me tratara con ese desprecio, con esa bajeza, pero él era más fuerte y sobre todo era el hombre de la casa y por eso se aprovechaba, creía que eso le daba derecho a tratarnos como si fuéramos piltrafas.
Al fin el avión despegó, se echó al aire. El avión subía y se ocultaba entre las nubes, ya había perdido de vista a mi querida Sevilla, la próxima vez que viera la tierra sería en un país extraño.

El campamento estaba alejado del aeropuerto, allí me esperaban personas a las que nunca había visto antes. Para empezar iba a formar parte de la farmacia de un hospital ruandés como ayudante en el reparto de medicina. No sabía como encontraría a quien me iba a llevar al hospital. A lo lejos vi a una mujer bastante demacrada diciéndome adiós.
-¿Cómo has sabido que era yo?
-Porque vienes con la misma cara de asustado que yo.
En su voz tenía algo que me era familiar y eran los restos de su acento sevillano. Su nombre era Palmira y llevaba ya unos cuantos de años en el campamento. Según me informaron después Palmira había sido una señoritinga de la alta sociedad de Sevilla y que se había venido huyendo de toda la hipocresía que encerraba esa vida.
Desde el primer día me acogieron como a uno más, tanto los compañeros del hospital como los enfermos. No hay satisfacción mayor que realizar un trabajo y que te lo agradezcan de esa manera. Pronto llegué a entenderme perfectamente con todos.
Palmira fue una de las que desde un principio me apoyó, siempre me decía que me parecía a su hijo Ale, quizás lo que quería al hablar conmigo era recordar nuestra tierra. Cuando tenía ocasión me preguntaba sobre sitios, lugares de nuestra ciudad, ya que desde que salió de allí nunca más volvió, al igual que yo, que ya llevo treinta y dos años y aún no he vuelto. No creo que lo haga, porque aquí he dejado toda mi juventud, media vida. Me ha servido para demostrar y demostrarme que los jóvenes de hoy en día aún servimos para algo.
Palmira murió hace seis años, a los ochenta y tantos, ya que nunca se lo pude sacar, esa era una de las cosas que no perdió de su alto estatus en Sevilla. Murió con la esperanza de encontrarse en el más allá con Bernardo, el único hombre que verdaderamente la quiso.

Ya he conseguido hacer lo que siempre me ha gustado y es dar clases, en este momento estoy dando matemáticas. Ya tengo que dejar de escribir estas reducidas memorias, porque tan sólo quedan cinco minutos de clase y tengo que recoger los ejercicios de mis alumnos.



                                                                                                 *Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo

sábado, 6 de julio de 2013

IRUNE





A Trini
Iba con la mente en blanco. Tan sólo pensaba en lo negra que es la noche, en todo lo que se puede esconder en cualquier rincón, tras cualquier sombra. Un insignificante ruido era motivo para que se sobresaltara. Se sentía indefensa. Le temía a su propia sombra.
Mil veces pensó cambiar de domicilio, buscarse algo más cerca, pero su situación económica no era muy holgada. También estaba lo de cambiar de trabajo o de horario. La noche está hecha para dormir y descansar, no para trabajar y volver a las tantas por esas calles tan solitarias. Pero si malo era lo de cambiar de casa, encontrar otro trabajo una aventura sin fin y con pocas esperanzas de éxito, la cosa no está como para dejar el puesto de trabajo y ponerse a buscar otro.
Los ruidos sonaban a su espalda, iban quedando atrás. Cada vez que nacía uno nuevo del silencio, su cabeza como un resorte giraba y dirigía su mirada al infinito. Los sonidos, la oscuridad, las pocas farolas, el silencio quedaban atrás. A sus espaldas ya sabía lo que había, porque lo había visto, pero lo que se le avecindaba era todo un misterio. Intentaba descifrar, intuir alguna imagen en el frente, a lo lejos. Caminaba, se guiaba casi por instinto. Esa intuición que se crea tras haber hecho ese recorrido durante seis años todos los días.
Le parecía oír su nombre en cada uno de los silbidos del viento. Esto la estremecía y se acurrucaba aún más en su abrigo. Seguía escuchando su nombre en el ambiente de la noche. “Irune, Irune.” Era un suspiro, sonaba con agonía. Sentía que alguien la reclamaba para ayudarle, para echarle una mano amiga. “Irune, Irune.” Ya era más que un suspiro, una exhalación, una pura desesperación en la agonía. Ella temblaba, su cuerpo tiritaba, no de frío a pesar del viento que corría, sino de terror.
Irune aceleró el paso. Comenzó una carrera hacia un lugar menos torturador. Lo que empezó como un simple caminar se estaba convirtiendo en toda una carrera de fondo. Pero esto no aminoró su angustia. Cuanto más corría, más zumbaba su nombre en sus oídos. “Irune, Irune.” No había manera de librarse de esa angustia. “Irune, Irune.” Ya su nombre sonaba con más insistencia. Que se tapara los oídos no servía de nada. “Irune, Irune.” Empezó a gritar, a pronunciar unas palabras sin sentido, con ellas no buscaba poderse comunicar con nadie, sino confundir su nombre en su aullido. Pero este cometido era difícil de lograr. “Irune, Irune.” Cada vez aumentaba más el desgarrador alarido que se le había metido ya en la mente. “Irune, Irune.” Al final de la calle vio las luces de un bar. Quizás esta sería la solución, llegar allí antes de volverse loca. “Irune, Irune.” Corría. “Irune, Irune.” Ya las fuerzas no le daban más. “Irune, Irune.” Las piernas no le respondían. “Irune, Irune.” Quedaba menos para alcanzar la meta. "Irune, Irune” Llegó a las puertas del bar. “Irune, Irune" Aún estaba cerrado. “Irune, Irune.” Aporreó las puertas hasta no poder más. “Irune, Irune.” Chilló hasta el borde de la locura. “Irune, Irune.” Por fin el dueño salió de la cocina y se dirigió a abrirle. “Irune, Irune” No encontraba explicación a la situación de esta mujer. “Irune. Irune.” Nada más abrir, ella se abalanzó a sus brazos. “Irune, Irune.” Y en ese momento se desplomó sobre ese pobre hombre.


Tanto sus gritos como el escuchar su nombre cesaron.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

domingo, 9 de junio de 2013

VIGILANTES DE LA NOCHE




Aquella noche era como cualquier otra en la obra. Junto al edificio medio erguido teníamos una fogata al igual que todas las frías noches donde nos resguardábamos del helado viento. Allí nos reuníamos varios vigilantes de diferentes obras a la hora del descanso mientras que nos comíamos los bocadillos y nos tomábamos el café calentito que preparaba todas las noches Antonio en aquella fogata. Tomábamos las tazas de hojalata entre nuestras manos para que entraran en calor nuestros miembros mientras que nosotros sentíamos pasar cada gota de café por nuestro organismo. Los perros se echaban junto al bidón ardiente con sus huesos roídos en la boca esperando que siguiéramos de nuevo con la ronda.
A veces tenemos miedo de separarnos porque nunca se sabe con que nos podemos encontrar en esas oscuras noches en las que la luna no ilumina por estar oculta tras nubes. A pesar de los perros, los vigilantes somos atacados para quitarnos lo poco que podemos llevar y por unas míseras pesetas nos puede caer una  tremenda paliza. Y aquella era una de esas noches en las que no se veía más allá de donde alcanzaban los reflejos de la hoguera.
Terminé el café y agarré a Golfo, mi perro guardián, para darme el paseo nocturno por la futura sucursal de un importante banco francés.

"¿Quién anda ahí?", fue lo único que en ese instante tras escuchar el ruido en lo que dentro de poco será la entrada del banco y donde colocarán a un guarda jurado muy uniformado y que no correrá ni la mitad del peligro que nosotros, vigilantes de la noche. El ruido finalizó al momento de empezar, había sido un golpe seco y brusco que sólo podía ser un ser animado, quizás una alimaña o un bandido que venía en busca de las cinco mil pesetas que había cogido antes de salir para invitar a mis compañeros y celebrar mi cuarenta cumpleaños.
De nuevo,"¿Quién va?", la tensión aumentaba, las manos me temblaban y no alcanzaba a coger la linterna que llevaba en el bolsillo posterior del pantalón. Logré tenerla en mis manos, la encendí y descubrí a Golfo con el lomo erizado y los dientes amenazantes. Iluminé los alrededores con la pobre luz y no pude ver más que vigas y ladrillos amontonados. Seguí al frente cauteloso con cuidado de no pisar nada para no caerme. Volví a escuchar pasos, esta vez a  mis espaldas. Me giré rápido e iluminé un amasijo de trapos viejos y sucios que se movía, me acerqué, Golfo ladraba desesperado como si hubiese visto al diablo. Agarré una de las telas, Golfo ladraba, la levanté. Golfo no paraba, iluminé debajo de los trapos raídos. Golfo ladraba aún más y lo que vi me dejó sorprendido, más que si hubiese visto a un ladrón, un drogadicto con el mono asechándome con una vara para golpearme o con una navaja para rajarme. Debajo de aquel ropaje descubrí la cara de un niño que temblaba como un cachorro indefenso abandonado por su madre. Me miraba con la misma admiración con que yo a él, me acerqué, cuanto más cerca estaba más se cobijaba en su interior.  En cuanto lo cogí entre mis manos dejó de temblar como si entre mis brazos encontrara el calor que antes buscaba entre sus raídos ropajes.

Lo llevé junto a la fogata donde aún quedaba una poca de leche del café que antes me tomé junto a mis compañeros. Se la tomó y se acurrucó entre mis piernas donde durmió plácidamente hasta que llegaron mis compañeros y con sus voces de admiración lo despertaron. Los miraba con mirada de extrañeza, tenía que hacer mucho tiempo que no estaba junto a personas, parecía sacado del libro de la selva.
Se apartó de mi lado y se puso amenazante a cuatro patas como hacía Golfo cuando veía cosas que no le eran de su agrado. Usaba sus manos como si fueran zarpas para atacarnos, nos enseñaba los dientes, verdaderamente parecía algún personaje sacado de alguna novela en los que se crían niños bajo la tutela de animales salvajes. Ninguno nos atrevimos a acercarnos, Golfo y los demás perros se pusieron en guardia esperando nuestras órdenes de ataque, que nosotros por supuesto no dimos. Salió corriendo entre la oscuridad donde desapareció al igual que apareció, no dejando rastro.





Al otro día dimos parte a la policía y enseguida se pusieron a buscarlo pero aún hoy en día después de quince años sigue sin aparecer, aunque aún creo verlo en mis largas caminatas con Golfo por el lugar. 


*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

lunes, 20 de mayo de 2013

¿Y TU QUIÉN ERES?





    Invierno, parque derramado de hojas secas.
 - ¿Papá como estás?
 - Bien. ¿Y los niños?
 - En el colegio
 - Ah, ¿y tú quien eres?
 - Soy yo papá
 - Ah, vale. ¿Y mamá?
 - Mamá ya no está.
 - Ah, es verdad ¿y tú quien eres?
 - Soy tu hijo papá. Vamos para casa.
 - Ah, vale. ¿Sabes que ha hecho mamá de comer?



(c) Sebastián García Hidalgo




domingo, 5 de mayo de 2013

FRIO, FRIO




Frío-frío, como el agua del río
o caliente como agua de la fuente
tibio-tibio como un beso que calla
y se enciende si es que acaso le quieres.
(J.L. Guerra)
     La plaza está repleta de gente, todos van deprisa de un lado para otro, cargando multitud de paquetes con regalos de Navidad. La tarde es fría, desapetecible, todos se ocultan tras los abrigos y las bufandas. Ya llega la noche, la negra noche nos inunda, nos abunda, se agarra a todo nuestro alrededor su oscuridad, hasta que llegue el alba y nos la desprenda.
   Esta vorágine me hace recordar el día que nos encontramos por primera vez. Tú ibas como todos, corriendo, con una bufanda tapándote media cara, pero tenías algo que no tenían los demás y eran unos brillantes ojos celestes encima de la bufanda. Unos ojos de bondad, de cariño. Parece que te estoy viendo ahora, que te estás acercando a mí como entonces, como aquella tarde de invierno. Yo iba como siempre voy, distraído, mirando al suelo, con la mirada baja, en una búsqueda eterna sin fin, como si fuera buscando algo que hubiese perdido. En mi distraído caminar nos encontramos o mejor dicho nos atropellamos. Las bolsas que llevabas en las manos se te cayeron. Me agaché para recogerlas y al incorporarme sólo pude ver tus ojos, esos ojos grandes como el cielo, como la inmensidad del ocaso. Tan sólo me distes las gracias y seguiste en tu caminar, con tus prisas de persona ocupada de capital.

   Aunque esta tarde es tan parecida a aquella, falta algo, le falta un duende, un ser mágico, faltas tú, tu persona, tu presencia, tu ser.
   Un frío viento está recorriendo la plaza, creo que es hora de abandonar este lugar e irme ya a casa, para esperar a que llegue mañana y vuelva a venir con mi cabeza baja, mi mirada en el suelo y me siente en esta silla de la cafetería y a través de la ventana miraré y miraré, buscaré y buscaré a la persona que llevo buscando cada tarde desde que te encontré una tarde fría como hoy.                                                              

*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  
(c) Sebastián García Hidalgo

jueves, 21 de marzo de 2013

MI MADRE








*Incluído en el libro "Mirando al Sur"     

Fragmento del relato “La carta”
(c) Sebastián García Hidalgo

¿TIENES UN EURO?





Se monta cada día en el metro. Pelo cano corto, con gafas y un abrigo rojo, de unos cincuenta años. Es un hombre bien vestido que entra con la mirada como buscando algo perdido. Se pone a preguntarles uno por uno a los pasajeros “¿Tienes un euro?”. Cuando ya alguno decide dárselo espera con ansia y expectación la moneda. Se le abren los ojos como a un niño el día de Reyes. Se sienta en uno de los asientos vacíos y allí se queda tranquilo con su euro entre sus manos.
Y ya hasta el próximo día.


(c) Sebastián García Hidalgo


domingo, 17 de marzo de 2013

AMARRADITOS (HOMENAJE A Mª DOLORES PRADERA)





Que me gustaba pasear con tu abuelo Alameda arriba los dos amarraditos del brazo. Tu abuelo serio y altanero y yo con mi traje de organza, aun me parece escuchar el crujir del almidón. A tu abuelo le gustaba presumir de mujer delante de los vecinos del pueblo, siempre me pedía que me arreglara los domingos para ir a misa para que me luciera ante ellos. 
Por las mañanas temprano él me preparaba el desayuno mientras yo en mi dormitorio delante de la peinadora me colocaba el pelo con un moño recogido con su peinetón y su pasador. Al cuello el medallón que me regaló el día que nos casamos. Después de tomar el desayuno llamábamos al cochero para que nos llevara a trotecito lento hacia la iglesia mayor. Él se ponía su sombrero mejor y yo me cubría los hombros con mi mantilla de pico para no quemarme con el sol de la mañana. Ya no se estila que los enamorados vayan así por el paseo presumiendo de amor. Los corrillos de vecinos al vernos pasar se quedaban mirando murmurando con envidia, tu abuelo los saludaba tocándose el ala del sombrero y yo les decía adiós agitando con donaire mi pañuelo de encaje de bolillos. 
Cuanto lo echo de menos cuando por las noches a solas creo aun oler los jazmines que para cenar se ponía en el ojal. 




(c) Sebastián García Hidalgo
Inspiración canción "Amarraditos"

viernes, 8 de marzo de 2013

EL TATUAJE




A Marina
Cada día pasea por la playa, deja que el agua moje sus pies. Es una enamorada de la vida, de la mar. Cuando ve que va cayendo el sol, va alejándose de la orilla para recogerse y esperar a que vuelva a salir un simple rayo y regresar para ver pasar los barcos, en espera de que regrese su amor.
Un día conoció a un hombre, que como dice la copla era rubio como la cerveza y con el brazo tatuado. Se sentaba en el puerto y lo veía pasar mientras que descargaban la mercancía. Solía volver cada tres o cuatro días, ya se tenía hecho un calendario con lo que tardaba en volver según el destino.
Su nombre era Marina, el de él la mar lo sabrá. Jamás conoció el nombre de ese marinero, nunca se atrevió a dirigirle la palabra. Sentía que al hacerlo se esfumaría la magia que había en él, quizás al hablar, al conocerlo, no fuera como se lo imaginaba.
Para ella era como un rito, los días que él no estaba se los pasaba soñando como sería si algún día se atreviera a conocerlo, a poder acariciar ese tatuaje que la volvía loca. Y el día que sabía que vendría se levantaba a primera hora y se preparaba para ir a verlo. Iba a casa de su amiga para que alguien la acompañara y no estar todo el día sola, además, no podía mostrar tan claramente que se moría por sus huesos, que no iba para pasar las horas muertas hablando con su amiga, sino para verlo a él.
Lo malo eran los días en que llovía. Esos días eran un puro infierno, tenía que pasar el día en casa, teniendo que contemplarlo a través de la ventana cuando él iba a comer al bar que se encontraba en la misma calle donde vivía Marina. Al menos tenía ese consuelo, que a la hora de la comida lo podía ver atravesar la calle hasta llegar al bar. Y allí tras los cristales esperaba a que saliera.
Pero un día faltó a su cita. Llegó el barco, bajaron todos los marineros menos él. No sabía a que se podía deber esto. Se vio en un momento con una gran angustia. Temía que le hubiese pasado lo peor, no se movió hasta que se fue el barco y pudo comprobar que él no venía en esta ocasión. ¿Qué le podría haber pasado? Temía que nunca más volviera a aparecer por aquel puerto.
Marina regresó al otro día con esperanzas de que en esta ocasión tuviera más suerte. El barco volvió pero él no. Y así día tras día. Ella vagaba como alma en pena.
A partir de entonces va todas las mañanas a esperar que regrese y así lleva ya más de cincuenta años creyendo que algún día volverá, que cualquier día le dará la sorpresa y se lo encontrará en el puerto, rubio como la cerveza y con el brazo tatuado.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo



miércoles, 27 de febrero de 2013

ÚLTIMO ACTO





A Rafaela
Octavo día y sin venir nadie, tanta gente querida que me han olvidado sin querer o queriendo. Desde el primer día sabía que nadie iba a venir, pero nunca se pierde la esperanza avivada por las personas de a pie seguidoras de una artista y que no la olvidan aunque no actúe.
Octavo día encerrada en estas cuatro paredes, enterrada en vida, de las que sólo saldré entre otras cuatro paredes. Nunca se sabe cuando te dejarán, en el momento que ingresé en la residencia de ancianos vi como los que yo creía mis amigos iban desapareciendo, como si temieran quedarse en este lugar para siempre, huyen de lo que no se puede huir, de la vejez. La residencia no es tan mala, aquí he encontrado mi hogar, mi casa, mis amigos con los que acabaré mi última escena y serán los que me aplaudan cuando caiga el telón de la muerte. Para que sirve la fama, el éxito, la gloria si todos terminamos en el mismo lugar, en el lecho del olvido.

Con el trabajo que cuesta subir, lo pronto que se baja. Mis comienzos fueron muy duros ya que entonces el ser artista era una deshonra, al contrario que ahora que ser artista es lo soñado por todos y todos desean tener un hijo artista, pero entonces no era así. Querer pertenecer a la farándula era perder todo contacto con la familia, al fin y al cabo yo tuve suerte porque mis padres lo aceptaron y comprendieron que no era tan malo, aunque no todos pensaron igual. Yo tenía unos veinte años cuando decidí ser lo que soy, por entonces tenía un novio, al enterarse mis suegros de mis propósitos hicieron que él no me volviera a ver, aunque me quería y amaba tanto como yo a él. Lo pasé muy mal y entré en eso que ahora llaman depresión, pero entonces mal de amor.
Al menos tuvo un acto varonil, supo despedirse y no me abandonó sin ninguna explicación. Su despedida fue curiosa, yo no sabía nada y me hizo quedar con él en el mismo lugar y hora de siempre, no le noté nada extraño, porque nunca creí que después de dos años se rompiera el noviazgo por esa tontería. Lo primero que hizo fue entregarme una cajita, la abrí y descubrí que era un colgante, del que nunca me desprendí y que aun llevo junto a mi pecho, después de dármelo le dije que no era nuestro aniversario, ni mi cumpleaños, y me contestó “Esta es una fecha que nunca hemos tenido que recordar, pero que sí recordaremos a partir de ahora.” Y ahí quedó todo, se fue y lo único que me explicó es que sus padres no querían esa relación. Cada vez que lo vi a partir de entonces era morir. Y todo para que, para nada, para sentirme morir cada hora, minuto, segundo, sin poder pararlo.

Aunque convencí a mis padres, ellos decidieron que antes de probar suerte estudiara algo y como lo que me gustaba era maestra escuela, eso estudié. Sólo ejercí un año en el pueblo y luego instruyendo a mi hijo en la carrera de la vida.
Al principio fue difícil, pero dentro de lo que cabe no tanto, mi padre era el director de dos teatros y quizás por eso lo convencí tan pronto. Parecerá extraño que él no quisiera que fuera artista siendo él director de teatro, pero es que conocía lo que había que pasar para llegar a ser alguien en este mundo y no quería que yo pasara penalidades.
Él me iba metiendo en las obras que se representaban en sus teatros con pequeños papeles secundarios. Durante toda mi vida he hecho grandes personajes, pero ninguno me son tan recordados como los primeros. Así fui subiendo hasta que llegué a ser la protagonista, cuando vino mi etapa del cine volví a ser un personaje secundario, al que le costó salir de un papel fijo, ya me quedé con ese personaje durante mucho tiempo, eso nunca me ha molestado, ya que aunque me encasillaron con ese papel siempre me trataron con cariño. También he hecho grandes papeles que nadie ha olvidado.

Noveno día y sin venir nadie. Hoy ni siquiera ha venido mi hijo. No habrá podido. Estará muy ocupado, él trabajando, mi nuera igual y mis nietos en el colegio. Menos mal que mi perrita no me abandona, es la única que no lo hace desde que la tengo. Desde el momento que la vi me encapriché y aquí está, nunca me deja. Me la regaló un compañero del teatro. Un día caminando pasé por una tienda de animales. Allí vi varios cachorros, todos iguales, pequeñitos, peloncetes. Uno me llamó la atención.  se me metió en la cabeza tener el perro, pero no podía dejarlo solo, porque para dejarlo abandonado en el patio de mi casa durante las temporadas que tuviera que estar en el teatro, para eso mejor lo dejaba en la tienda y que lo comprara otro que lo pudiera tener siempre.
Ese compañero al enterarse que yo quería el perro y al verme con los ojos enternecedores que miraba a la perrita, me la compró. Llegó un día con una caja de sombrero y me dijo que era para actuar. Me extrañó porque a esas alturas poner un nuevo accesorio era raro. Lo abrí y al ver como me miraba aquella perrita, se me cayeron dos lagrimones que por poco el ahogo. La estreché entre mis brazos y desde entonces nunca se ha separado de mi.

Menos mal que la tengo a ella. Hoy he preguntado si ha venido alguien para verme y como desde hace ya bastante tiempo, me han respondido que no. como siempre me consuelo con la esperanza que vendrán mañana, porque hoy no habrán podido venir. Están tan ocupados que hace un mes que nadie viene. Aquí se ven pasar los días más lentos que ahí fuera, todos corriendo de un lado para otro, pero aquí parece que se han parado los relojes, el tiempo, que la vida no pasa, tan sólo muere, igual que todos los de esta residencia, igual que yo.

Noveno día en esta horrenda cama atada a unas gomas para el suero, para alargarme la vida, para alargarme el sufrir, para ver como me olvidan, para ver como me abandonan. Sólo se acordarán de mí cuando muera. En todas las revistas pondrá “Ha fallecido la gran actriz por todos querida, a la que nunca olvidaremos.”. Claro que nunca me olvidarán, como me van a olvidar si ya lo han hecho y eso que estoy viva. Cuando esté muerta las revistas y televisiones rapiñarán para ver quien saca antes el programa homenaje, quien emite la mejor película, que resulta ser en la que menos sale la homenajeada y todos esos que ahora no están entonces si estarán, llorando y diciendo que ha muerto una gran artista, una gran persona, una gran amiga, una profesional y nunca la podrán olvidar. Mentira, todo mentira, cuando se tienen que dar los homenajes es en vida, cuando se tiene que querer a una persona es en vida, cuando se debe recordar es en vida y no cuando te estás pudriendo en una caja y nunca más te verán.

Acaban de decirme que mi hijo ha llegado. Que bueno es el pobre, después de estar trabajando viene a verme. Cuanto siento tenerme que haber venido de su casa, pero así no me podían cuidar. Todo el día trabajando y yo sola. Si me hubiese puesto mala en su casa, allí hubiese muerto y no se hubiesen enterado hasta que volvieran, en cambio aquí con cualquier dolor que tenga ya me están examinando para ver que es. Nunca he estado sola, cuando estaba en mi casa tenía a una mujer para que me cuidara, aunque últimamente era yo quien la tenía que cuidar a ella. Entonces se fue a un asilo y yo con mi hijo. Fue una lástima tenerme que separar de ella, estuvimos tantos años juntas. Ya no sólo era la mujer que me hacía las tareas de la casa y tenía cuidado de mí, sino también una hermana, ya sé que es todo un tópico, pero verdad. Hemos viajado tanto, siempre me tenía el equipaje dos semanas antes, cuando llegábamos al teatro lo primero que hacía era arreglar el vestuario y cuando estábamos representando, ella siempre permanecía en el camerino planchando y poniendo toda la ropa perfecta para la siguiente escena. Nunca vio ninguna obra mía entera, y no es porque no pudiera, sino que no quería, lo único que llegaba a veces a ver completo era el ensayo, pero en contadas ocasiones. Todo esto se lo tengo que agradecer, ya que me ha sacado de muchos apuros, que si se ha descocido, se ha manchado, se le ha caído un botón y allí estaba siempre al pie de la aguja. Además de apoyo material siempre ha sido un apoyo moral, cuando venían los días flojos de la compañía, allí estaba para dar ánimos y decir que el próximo iría mejor. Para mis problemas personales era mi única confidente. Me apoyaba. Me aconsejaba y ayudaba en todo lo que podía y en lo que no también. Cuando dejé de viajar fue un gran trago para las dos, acostumbradas a andar de un lado para otro, pasar grandes temporadas fuera de casa y ahora tener que estar encerradas fue difícil. Quizás eso fue lo que la envejeció antes, pero lo malo es que tampoco podíamos viajar cuanto queríamos, ya que estábamos las dos muy mayores. Tenía veinte años menos que yo. Los cumpleaños eran verdaderas fiestas, casi siempre personales, pero no importaba, además, cumplimos los años en la misma semana. La fiesta más larga fue cuando cumplí los ochenta años y ella los sesenta. El mío fue en lunes y el suyo al siguiente domingo así que tuvimos una celebración de una semana, cada noche cenábamos en el lugar que queríamos e íbamos a donde nunca habíamos ido.
Se alegraba más de lo que me pasaba a mí, que de lo que le pasaba a ella. Cuando me dieron la medalla de oro al merito del trabajo por mi carrera de actriz, al mismo tiempo que yo lloraba, ella también lo hacía. Ella sentía como si a quien le estuviera poniendo la medalla el rey fuera a ella. Lo que más sentí aquel día fue que manché las manos del rey con mis lágrimas y él decía “No llores si es un día muy bonito para ti.”. Hay tantos momentos que pasamos juntas y que jamás olvidaré.

Ya se ha ido mi hijo y ahora vuelta a empezar a lo de todos los días, a esperar que pasen los días, para que vuelva o que alguien venga a visitarme aunque sea por equivocación. La visita que no olvidaré será cuando vinieron las revistas en mi noventa cumpleaños. Ese fue el mayor regalo que me podían haber hecho. Entonces vi que no me habían olvidado del todo, que seguía en la memoria de muchos. Yo no recordaba que era mi cumpleaños. Me levanté como siempre, recordando que ya me faltaba menos para cumplir el siglo, que quiero cumplir, aunque viendo como estoy ahora no creo llegar. Fui a desayunar, poco a poco se fueron yendo y sólo quedé yo, me sorprendió esto, pero seguí desayunando. Terminé y salí al jardín, allí estaba lo inesperado, estaban todos los de la prensa, el corazón me dio un vuelco que no sé como sobreviví a la sorpresa, pero lo hice y aquí estoy poco tiempo después, entonces tan alegre, ahora tan triste y sola. Lo que más siento es que he tenido que abandonar el teatro, él que siempre lo ha sido todo para mí, en lo bueno y en lo malo, pero siempre a mi lado. En el teatro he encontrado a mis mejores amigos, a mi marido e incluso tuve a mi hijo. A algunos les parecerá extraño, a otros no, en aquellos tiempos no había tantos adelantos y no se podía calcular tan bien los días de embarazo y me pilló allí.
Antes de empezar la función sentí unas molestias, pero en ese mundo no hay más remedio que seguir adelante pase lo que pase y sin exteriorizar nada. En una ocasión me pasó algo parecido pero aun peor y fue cuando murió mi padre, me enteré en el descanso de la obra y tuve que continuar como si nada. No sé como pude continuar. Se me hizo un nudo en la garganta que soltar las palabras me costaba la propia vida, pero aquí no queda la cosa, porque por aquellos tiempos se hacían dos pases al día. El segundo no terminaba muy tarde porque se tenían que recoger todos temprano, pero a mí se me hizo eterno. Cuando me enteré fue en el primer pase así que tuve que terminarlo y a la hora comenzar el segundo. Entonces no había día de descanso, así que para poder estar en el funeral me tuve que pasar todo el día en la carretera. Suerte que estaba en una ciudad cercana,  por la noche vuelta a empezar con la obra, aun con el nudo en la garganta y una pena que me tuve que tragar.
Así que lo del embrazo se quedó pequeño, menos mal que no había los dos pases porque si no tengo el niño en el escenario, aunque faltó poco. Cuando me empezó los dolores se lo dije a los de camerino y enseguida llamaron al doctor. A pesar de que había llegado el médico y los dolores eran insoportables continué hasta que cayó el telón, porque hay algo que siempre he dicho y es que nada me hará parar la interpretación. Todos los de la compañía me tenían por cabezona pero ninguno me creyó capaz de tanto. Fue bajar del escenario y romper aguas. El doctor estaba preparado y entre todos me llevaron a mi camerino donde me dejaron a solas con el doctor. Pero no me arrepentí de lo que hice porque de recompensa tuve un hermoso niño.

Décimo día y sin venir nadie de los que se hacían llamar amigos. Yo nunca abandoné a ninguno y ellos que me han abandonado todos. Día a día va muriendo la esperanza de volver a verlos. ¿Porque no vendrán? ¿Será porque no me quieren o es que nunca me han querido? El compañero que nunca me ha dejado es mi marido, pero desgraciadamente falleció. Su pérdida fue muy dura, estuvimos muchos años juntos, sin separarnos, ya que siempre solíamos coger trabajos juntos o que estuvieran cerca.
Lo conocí en el teatro, yo no me fijé en él. Yo nunca pensé que me fuera a casar con algún actor. Los primeros días yo tampoco le llamaba mucho la atención, cuando ya se fijó en mí y empezó a tontear, lo tuvo difícil, ya que yo una chica buena, con una educación férrea, sin haber tenido relaciones con otro hombre, le tenía que parar hasta estar segura de las intenciones que llevaba. Él no desistió nunca de seducirme, que si una mirada, un halago, una flor, yo le contestaba delicadamente, para que no se enfriara. Un día fue ya el definitivo, estaría ya harto de que no me decidiera. Llevaba casi dos años detrás mía  y sin conseguir más que alguna que otra sonrisa. Estaba tan tranquila en mi camerino cuando llegó el acomodador y me entregó un gran ramo. Le estuve buscando la tarjeta pero no se la encontré, al no verla pensé que sería de los tantos admiradores que hay que suelen dejar su regalo, cuando se fue el acomodador vino mi pretendiente. Me entregó una cajita y me dijo que se lo había dado el acomodador porque se le había olvidado antes. Se marchó y me dejó sola, no fue muy lejos, se quedó tras la puerta. Abrí la caja y en ella había una alianza con un mensaje “De un admirador y un amor”. Salí corriendo en busca de él y cuando lo vi tras la puerta lo abracé y besé, me dijo que significaba aquello y así de claro le contesté “So idiota, que sí te amo.”. Desde entonces nunca nos separamos.
El arreglar la boda fue difícil, ya que la vida de actor modesto no es muy desahogada y se tiene poco dinero. Sacamos de donde pudimos, con ayuda de unos y otros, que uno nos regala esto, otro lo que pudo y en tres años nos casamos. Jamás he sido tan feliz como aquel día. Estaban todos los compañeros y amigos. Era una iglesia pequeñita pero acogedora con una Inmaculada presidiendo el altar. Era una imagen antigua, quizás del Barroco, pero bueno no lo digo muy segura porque de arte entiendo más bien poco, así que me quedaré con que era una imagen bastante antigua con una dulzura en la mirada que daba confianza en esos momentos. Tenía una mirada cómplice, quizás como la que tuvo en vida María cuando recibió en matrimonio a José.
Tras la ceremonia nos fuimos a un restaurante donde lo celebramos entre risas y brindis. No fue una comida como la de una boda real, pero nos lo pasamos bien.
Así que su muerte fue como perder una parte de mí. Con su muerte murió un trozo de mi corazón. Ya nada podrá sustituirlo, aunque no creo que tenga ya mucho tiempo para hacerlo. Lo más seguro es que dentro de unos días me vuelva a reunir con él y juntos viviremos eternamente, con la juventud de entonces, no con el deterioro en el cuerpo que tengo ahora.

El único consuelo que me queda es que dentro de un tiempo nadie recordará estos restos de lo que fue una modesta actriz, aunque algunos dicen que fui una gran artista. Estos restos decrépitos y arrugados sólo se recordarán un par de días o quizá unos años, gracias a Dios y a quien lo haga posible, pronto olvidarán esta vieja muerta en la soledad y recordarán a la actriz que durante tanto tiempo hizo reír y llorar.
   Yo nunca he tenido un gran cuerpo, siempre he sido baja y menudita, muy poca cosa, pero a pesar de eso me han ofrecido papeles del destape. Cuando se puso de moda ese tipo de cine, que se llamaba..., ahora no lo recuerdo, pero era, siendo clara, cine verde y yo nunca he aceptado mostrar mis pechos a  nadie, incluso a mi marido le costó verlos después de bastante tiempo casados, tonta fui, debería haber aprovechado como hacen las jóvenes de ahora, pero entonces no éramos tan lanzadas. Lo que me da coraje es no recordar el nombre de esa clase de cine, espera que piense, sicodélico, cicolico, calitico, ¡ah, sí!, cine sicalíptico, un nombre un poco complicado, quizás por eso al final ha quedado tan sólo como cine X.
   Enseñar no han conseguido que enseñe nada, pero decir si lo he dicho a pesar mío. Pienso que para hacer gracia no hace falta decir tacos y palabras groseras para que se divirtieran conmigo y mis actuaciones, además, que gracia tiene que una vieja sea tan mal hablada y borde.
   Ahora el cine está muy estropeado con tantas obscenidades, antes era más limpio, más inocente y sin nada de sexo, pero en estos tiempos si no hay sexo y violencia no consideran buena una película. Una actriz de ahora para llegar a ser alguien, antes lo tiene que enseñar todo, hasta las entrañas si es preciso, tienen que mostrarse como su madre les trajo al mundo.

Décimo día y aun pensando que de esta no me libra nadie. Cada vez la siento más cerca, y que fría es. Quisiera que el día que me llegara fuera con delicadeza y lo más importante, sin dolor. Parece que cada día que pasa se me va haciendo más leve la soledad, no habré sido tan buena como he querido ser, porque el resultado así lo muestra, me dejaron sola. Pero yo creo que he sido buena con todos que a nadie he faltado, siempre haciendo favores, siempre dando todo lo mío, yo que hubiese vendido mi alma al diablo, si gracias a eso pudiese hacer feliz a alguien. Hasta en mis últimos días los apoyo, defendiéndolos ante quienes dicen que me han olvidado, al final tendré que terminar por creérmelo. Siempre que me han llamado ahí he estado, nunca me han faltado las fuerzas para trabajar, para entregarme. La última película que hice fue con ochenta y cinco años, por la mañana grababa como una loca para que todo estuviera perfecto y por la noche iba al teatro. Yo nunca he parado, no suspendí ni en la guerra civil, en aquellas fechas en plena guerra seguía actuando, cuando escuchábamos la sirena que anunciaba un bombardeo parábamos, apagábamos las luces y allí desde el interior del teatro oíamos todo y cuando cesaba volvíamos a encender la luz y continuábamos como si nada hubiese ocurrido, como si lo que hubiésemos escuchado, fueran simplemente petardos inofensivos.

Que pena más grande siento. Cuantas lágrimas ha derramado mi corazón en estos días. Cuantas veces me he preguntado si aun sigo viva en realidad, porque tanto abandono no puede ser cierto nunca, nunca. Si la muerte es como cuentan, que venga ya, que venga, que me lleve a su lado, que me quite este sufrimiento, que me libre de estas cadenas, que me libre de este tormento, déjame ir junto a ti que no puedo resistir tanto sufrimiento. Aquí estoy esperando que me venga a mí la muerte, esperando el día, esperando la brisa, esperando el tranvía que me quite ya la vida.

Desde aquí duelen más las cosas, veo como a todos vienen a visitarlos familiares y amigos casi a diario, siendo personas muy desagradables y odiando que las visiten. En cambio a mí que lo deseo, lo anhelo, no me complacen. Yo sólo quiero que vengan para que me den amor, cariño y que yo se lo pueda devolver el doble.

Soledad maldita soledad, el que te inventó debería haberse muerto en ese instante, soledad amarga soledad, portadora de silencio indeseado, soledad cruel soledad, que se acerca a quien no la quiere y a quien la quiere no se une, soledad triste soledad, de días oscuros en plena luz, soledad abusadora soledad, administrada a grandes dosis por personas sin corazón, soledad embaucadora soledad, que te presentas como en verdad no eres. Vete, déjame libre, suéltame de tus garras, esas garras que me has clavado en el corazón, en el alma, sin mirar que así me estás matando poco a poco y sin ningún cuidado. No sé como te he podido resistir tanto tiempo, ya la única posibilidad que tengo de librarme de ti es cuando llegue ella y me lleve junto a mi gente querida que me espera.

   Ya siento que se acerca, que viene. Un aire frío inunda la habitación. Una nube clara, blanquecina se introduce por las rendijas de la puerta y la ventana. Los sueros, la cama y las cuatro paredes han desaparecido, ¿qué querrá decir esto?, ¿vendrá ya?, ¿será ella o tan sólo una ilusión que tú, soledad, me estás haciendo ver?, por favor déjame de hacer sufrir, si quieres matarme hazlo, pero sin hacerme padecer. Una luz brillante ilumina lo que antes era una habitación y lo que ahora es una nube del cielo. La luz se ha concentrado en un punto, en el que ha aparecido un túnel, ¿lo atravieso?, no sé que hacer. Si lo cruzo abandono la vida, a mi hijo. Si lo atravieso, recupero amigos y a mi marido. Si paso aquí dejaré guerras, luchas, incomprensión y soledad y allí encontraré paz, alegría, compañía, mejor lo cruzo y que sea lo que Dios quiera. Ya lo he atravesado, pero ¿qué es esa música celestial? Parecen ángeles cantando a coro, ¡si son aplausos! Y ¿qué será aquella luz pura y cándida tan brillante y blanca? Algo me empuja hacia ella y ya no puedo echarme atrás, ¿significará eso que debo ir?, ¿que debo salir a recibir los aplausos? Nunca me habían aplaudido tan fuerte y melodiosamente. Cuanto más me acerco más brilla la luz y con más fuerza me aplauden. Poco a poco van apareciendo figuras que son difíciles de reconocer, son hombres y mujeres, ¡pero si son mis amigos fallecidos, mis padres! y aquel del final parece ¡mi marido!, ¿será o no será? Sólo lo puedo saber de una manera y es acercándome. Cada vez aparecen más personas queridas a mi lado aplaudiendo y vitoreándome, como si fuera un torero tras la lidia. Ya he llegado a la gran luz y en efecto es mi marido, pero ¿qué señala?, son unas bambalinas, unas bambalinas familiares, son las del teatro donde debuté, aunque hay cosas que han cambiado, una es que el suelo es de algodón y el público son ángeles que me aplauden en mi última interpretación, en la última escena de la vida, que finalizará aquí, cuando esos aplausos cesen y caiga el telón de la muerte.


*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo