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lunes, 28 de octubre de 2013

SOLEDAD






Derecha, derecha, vuelta a la plaza, cojo la primera  calle y al final del todo la casa de mis padres. Me bajo del coche, ojalá no estén en casa, no quiero que vean que vengo todo el viaje llorando. No quiero que mi madre sufra por mis ojeras. He tenido suerte parece que no hay nadie, que la casa está sola. Meto la llave y tengo que dar tres vueltas. Decidido estaré a solas, cuando hay alguien en casa no echan la llave. Subo al cuarto y me tiro en la cama. Ha sido duro el viaje, tanta lágrima derramada, tantos quebraderos de cabeza de tanto pensar, tantos sin sentidos y recuerdos que me crean tanto daño. Me tiro en la cama y sigo llorando las pocas lágrimas que me quedan aun por derramar.

Escucho gritar a mi madre, me he quedado dormido aquí echado. Mi madre toca la puerta. Me levanto. Me miro en el espejo de mi cuarto, odiosas ojeras que no me dejan vivir estas últimas semanas, ojos hinchados de llorar y dormir. Si me preguntan les diré que es de haberme quedado dormido, no quiero que mi madre sufra mas que yo, que sufra mas de lo necesario. Ella me mirará. Yo le mentiré y ella hará que se lo cree, aunque por  dentro llore en soledad de ver como su niño llora y sufre.

Cierro los ojos y me pongo a relajarme con las notas de Vangelis. Necesito evadirme, centrar mi vida y recolocar todo de nuevo en mi mente. Suena la primera nota y cae la primera lágrima por mi mejilla. Aprieto fuerte los párpados pero eso no hace parar el reguero. Suena el zumbido del Messenger, no tengo ganas de hablar, ¿quién será? A solas, quiero estar a solas, no puedo ni quiero mantener una conversación con nadie ahora. Otro zumbido quién coño será, no quiero que nadie me moleste, sólo quiero oscuridad, soledad y muerte. Debería apagar el ordenador pero es la única unión que tengo con el mundo, es la única realidad que me acompaña aunque sea cibernética. A solas, quiero estar a solas, en la oscuridad de mi cuarto, con mi cuerpo y mi mente en sintonía, pero con mi corazón muy lejos.
Debo dejar de llorar, pero no puedo. Mi mente me dice que me estoy torturando innecesariamente y mi corazón que debo seguir llorando por la persona que más he querido.
Sigo ordenando mi mente y mis recuerdos. Aquí dándole vueltas a la caja de cartón que juntos compramos en el Ikea para guardar los trozos de nuestra vida juntos. Fotos de días inolvidables, fotos de días que mejor olvidar. Cartas de aniversario, tarjetas de amor, el papel de regalo de nuestro primer mesario. El azucarillo de la primera vez que fuimos juntos al Starbucks. Entradas del cine de aquella película que no vimos hasta el final. Trozos de su corazón de cartón. Billetes de autobús de cada vez que nos reencontrábamos. Y nota de despedida.
“Mejor dejarlo aquí, necesito pensar, organizar mi vida, necesito un tiempo para saber lo que de verdad siento. Necesito paz y vivir.”

Un mes desde aquella nota. Un mes desde que no le he vuelto a ver. Un mes sin saber que fue de él. Un mes y aun no pasé el duelo por su pérdida. Sigo llorando cada vez que lo pienso, sigo llorando cada vez que lo creo olvidado. Un mes sin recibir ninguna otra explicación distinta a aquellas palabras del papel. Un mes secándome a cada segundo.

Me monto en el autobús y creo verlo, pero no, no es él. Lo miro y se parece tanto a él. Lo observo y una lágrima empieza a enjugar mis ojos al reconocer sus gestos en aquella persona, pero aquí no puedo llorar, en público no. Él no se merece la compasión de la gente hacia mí. Pero es que se parecen tanto que me hace dudar, pero no me mira, no me reconoce o no me quiere reconocer. Su rostro se refleja en la ventanilla y sin duda es él. La persona que durante más de un año amé. La persona que hoy después de un mes me sigue haciendo vibrar. La persona que después de haberme abandonado con una simple carta sigo amando.

Me he acercado y sí que era él. Ha  mostrado indiferencia, como si fuera un viejo amigo al que hace tiempo que no ve y  sólo saluda por compromiso, deseando que se vaya para acabar y no la persona que supuestamente amó.
Dice que ha comenzado nuevos proyectos, tiene nuevas expectativas que le va muy bien en la vida, que es feliz y que va a ver a su pareja.

Él va a ver a su pareja y yo voy a mi viaje a ninguna parte, con la cabeza agachada y mis lágrimas secas en el corazón.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

lunes, 9 de septiembre de 2013

HUIDA



A Ángel
“Ayúdanos a ayudar. Si eres joven y quieres colaborar con acciones humanitarias, ponte en contacto con nosotros.”
No sé que es lo que tendría este mensaje pero bastó para engancharme. Desde el primer momento que lo vi me interesó el tema, quizás era la mejor escusa para evadirme de la vida que llevaba hasta entonces. Hasta ese momento no era más que un joven fracasado con mi diplomatura de magisterio bajo el brazo, el cuál no había hecho otra cosa que patear las calles buscando un trabajo. La situación en la que me encontraba era de lo más amargante, necesitaba demostrar a los demás y sobre todo a mí mismo que servía para algo, que mi vida tenía algún sentido, alguna utilidad. Necesitaba cambiar de aires, renovarme, comenzar de nuevo y esta era la mejor oportunidad que me podían haber dado nunca.
Sin pensármelo ni una sola vez me acerqué sin duda alguna a la asociación. A los veinte días salí rumbo a Ruanda con unas cuantas de ropas y con una tonelada de ilusiones en la maleta.

Estaba preparando la maleta, recogiendo algunos libros y demás cosas cuando sonó la puerta de mi cuarto. Era mi padre ese que siempre creyó que yo sólo era un inútil, que sólo sabía vivir a su costa.
-¿Te das cuenta de lo que haces?
-Muchísimo- le contesté.
-Allí no vas a tener los lujos que aquí, allí vas a tener que trabajar muy duro.
-Para eso voy.
-No me seas cínico, sólo vas por un capricho.
-Papá, ¿es que nunca vas a confiar en mí?
-Yo sí confío, lo que no creo es que aguantes mucho allí.
-Pues si no lo aguanto ya me las arreglaré yo y apechugaré con el tema.
Estas conversaciones con mi padre me ponían malo, siempre me tenía como un inútil, el vago, el que no hace nada. Pero ahora le iba a demostrar todo lo contrario, que este holgazán iba a Ruanda y allí iba a trabajar como un negro, con perdón, y me iba a dejar la piel con esas personas que lo necesitaban.

Me monté en el avión, la única que había venido a despedirse fue mi madre, la única que había llorado por mi partida fue mi madre, mi padre tan sólo se limitó a decir: “ya volverá, no te preocupes mujer, ya sabes lo flojo que es tu hijo”. Esto la ponía aún peor, nunca soportó que me tratara con ese desprecio, con esa bajeza, pero él era más fuerte y sobre todo era el hombre de la casa y por eso se aprovechaba, creía que eso le daba derecho a tratarnos como si fuéramos piltrafas.
Al fin el avión despegó, se echó al aire. El avión subía y se ocultaba entre las nubes, ya había perdido de vista a mi querida Sevilla, la próxima vez que viera la tierra sería en un país extraño.

El campamento estaba alejado del aeropuerto, allí me esperaban personas a las que nunca había visto antes. Para empezar iba a formar parte de la farmacia de un hospital ruandés como ayudante en el reparto de medicina. No sabía como encontraría a quien me iba a llevar al hospital. A lo lejos vi a una mujer bastante demacrada diciéndome adiós.
-¿Cómo has sabido que era yo?
-Porque vienes con la misma cara de asustado que yo.
En su voz tenía algo que me era familiar y eran los restos de su acento sevillano. Su nombre era Palmira y llevaba ya unos cuantos de años en el campamento. Según me informaron después Palmira había sido una señoritinga de la alta sociedad de Sevilla y que se había venido huyendo de toda la hipocresía que encerraba esa vida.
Desde el primer día me acogieron como a uno más, tanto los compañeros del hospital como los enfermos. No hay satisfacción mayor que realizar un trabajo y que te lo agradezcan de esa manera. Pronto llegué a entenderme perfectamente con todos.
Palmira fue una de las que desde un principio me apoyó, siempre me decía que me parecía a su hijo Ale, quizás lo que quería al hablar conmigo era recordar nuestra tierra. Cuando tenía ocasión me preguntaba sobre sitios, lugares de nuestra ciudad, ya que desde que salió de allí nunca más volvió, al igual que yo, que ya llevo treinta y dos años y aún no he vuelto. No creo que lo haga, porque aquí he dejado toda mi juventud, media vida. Me ha servido para demostrar y demostrarme que los jóvenes de hoy en día aún servimos para algo.
Palmira murió hace seis años, a los ochenta y tantos, ya que nunca se lo pude sacar, esa era una de las cosas que no perdió de su alto estatus en Sevilla. Murió con la esperanza de encontrarse en el más allá con Bernardo, el único hombre que verdaderamente la quiso.

Ya he conseguido hacer lo que siempre me ha gustado y es dar clases, en este momento estoy dando matemáticas. Ya tengo que dejar de escribir estas reducidas memorias, porque tan sólo quedan cinco minutos de clase y tengo que recoger los ejercicios de mis alumnos.



                                                                                                 *Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo

sábado, 6 de julio de 2013

IRUNE





A Trini
Iba con la mente en blanco. Tan sólo pensaba en lo negra que es la noche, en todo lo que se puede esconder en cualquier rincón, tras cualquier sombra. Un insignificante ruido era motivo para que se sobresaltara. Se sentía indefensa. Le temía a su propia sombra.
Mil veces pensó cambiar de domicilio, buscarse algo más cerca, pero su situación económica no era muy holgada. También estaba lo de cambiar de trabajo o de horario. La noche está hecha para dormir y descansar, no para trabajar y volver a las tantas por esas calles tan solitarias. Pero si malo era lo de cambiar de casa, encontrar otro trabajo una aventura sin fin y con pocas esperanzas de éxito, la cosa no está como para dejar el puesto de trabajo y ponerse a buscar otro.
Los ruidos sonaban a su espalda, iban quedando atrás. Cada vez que nacía uno nuevo del silencio, su cabeza como un resorte giraba y dirigía su mirada al infinito. Los sonidos, la oscuridad, las pocas farolas, el silencio quedaban atrás. A sus espaldas ya sabía lo que había, porque lo había visto, pero lo que se le avecindaba era todo un misterio. Intentaba descifrar, intuir alguna imagen en el frente, a lo lejos. Caminaba, se guiaba casi por instinto. Esa intuición que se crea tras haber hecho ese recorrido durante seis años todos los días.
Le parecía oír su nombre en cada uno de los silbidos del viento. Esto la estremecía y se acurrucaba aún más en su abrigo. Seguía escuchando su nombre en el ambiente de la noche. “Irune, Irune.” Era un suspiro, sonaba con agonía. Sentía que alguien la reclamaba para ayudarle, para echarle una mano amiga. “Irune, Irune.” Ya era más que un suspiro, una exhalación, una pura desesperación en la agonía. Ella temblaba, su cuerpo tiritaba, no de frío a pesar del viento que corría, sino de terror.
Irune aceleró el paso. Comenzó una carrera hacia un lugar menos torturador. Lo que empezó como un simple caminar se estaba convirtiendo en toda una carrera de fondo. Pero esto no aminoró su angustia. Cuanto más corría, más zumbaba su nombre en sus oídos. “Irune, Irune.” No había manera de librarse de esa angustia. “Irune, Irune.” Ya su nombre sonaba con más insistencia. Que se tapara los oídos no servía de nada. “Irune, Irune.” Empezó a gritar, a pronunciar unas palabras sin sentido, con ellas no buscaba poderse comunicar con nadie, sino confundir su nombre en su aullido. Pero este cometido era difícil de lograr. “Irune, Irune.” Cada vez aumentaba más el desgarrador alarido que se le había metido ya en la mente. “Irune, Irune.” Al final de la calle vio las luces de un bar. Quizás esta sería la solución, llegar allí antes de volverse loca. “Irune, Irune.” Corría. “Irune, Irune.” Ya las fuerzas no le daban más. “Irune, Irune.” Las piernas no le respondían. “Irune, Irune.” Quedaba menos para alcanzar la meta. "Irune, Irune” Llegó a las puertas del bar. “Irune, Irune" Aún estaba cerrado. “Irune, Irune.” Aporreó las puertas hasta no poder más. “Irune, Irune.” Chilló hasta el borde de la locura. “Irune, Irune.” Por fin el dueño salió de la cocina y se dirigió a abrirle. “Irune, Irune” No encontraba explicación a la situación de esta mujer. “Irune. Irune.” Nada más abrir, ella se abalanzó a sus brazos. “Irune, Irune.” Y en ese momento se desplomó sobre ese pobre hombre.


Tanto sus gritos como el escuchar su nombre cesaron.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

domingo, 9 de junio de 2013

VIGILANTES DE LA NOCHE




Aquella noche era como cualquier otra en la obra. Junto al edificio medio erguido teníamos una fogata al igual que todas las frías noches donde nos resguardábamos del helado viento. Allí nos reuníamos varios vigilantes de diferentes obras a la hora del descanso mientras que nos comíamos los bocadillos y nos tomábamos el café calentito que preparaba todas las noches Antonio en aquella fogata. Tomábamos las tazas de hojalata entre nuestras manos para que entraran en calor nuestros miembros mientras que nosotros sentíamos pasar cada gota de café por nuestro organismo. Los perros se echaban junto al bidón ardiente con sus huesos roídos en la boca esperando que siguiéramos de nuevo con la ronda.
A veces tenemos miedo de separarnos porque nunca se sabe con que nos podemos encontrar en esas oscuras noches en las que la luna no ilumina por estar oculta tras nubes. A pesar de los perros, los vigilantes somos atacados para quitarnos lo poco que podemos llevar y por unas míseras pesetas nos puede caer una  tremenda paliza. Y aquella era una de esas noches en las que no se veía más allá de donde alcanzaban los reflejos de la hoguera.
Terminé el café y agarré a Golfo, mi perro guardián, para darme el paseo nocturno por la futura sucursal de un importante banco francés.

"¿Quién anda ahí?", fue lo único que en ese instante tras escuchar el ruido en lo que dentro de poco será la entrada del banco y donde colocarán a un guarda jurado muy uniformado y que no correrá ni la mitad del peligro que nosotros, vigilantes de la noche. El ruido finalizó al momento de empezar, había sido un golpe seco y brusco que sólo podía ser un ser animado, quizás una alimaña o un bandido que venía en busca de las cinco mil pesetas que había cogido antes de salir para invitar a mis compañeros y celebrar mi cuarenta cumpleaños.
De nuevo,"¿Quién va?", la tensión aumentaba, las manos me temblaban y no alcanzaba a coger la linterna que llevaba en el bolsillo posterior del pantalón. Logré tenerla en mis manos, la encendí y descubrí a Golfo con el lomo erizado y los dientes amenazantes. Iluminé los alrededores con la pobre luz y no pude ver más que vigas y ladrillos amontonados. Seguí al frente cauteloso con cuidado de no pisar nada para no caerme. Volví a escuchar pasos, esta vez a  mis espaldas. Me giré rápido e iluminé un amasijo de trapos viejos y sucios que se movía, me acerqué, Golfo ladraba desesperado como si hubiese visto al diablo. Agarré una de las telas, Golfo ladraba, la levanté. Golfo no paraba, iluminé debajo de los trapos raídos. Golfo ladraba aún más y lo que vi me dejó sorprendido, más que si hubiese visto a un ladrón, un drogadicto con el mono asechándome con una vara para golpearme o con una navaja para rajarme. Debajo de aquel ropaje descubrí la cara de un niño que temblaba como un cachorro indefenso abandonado por su madre. Me miraba con la misma admiración con que yo a él, me acerqué, cuanto más cerca estaba más se cobijaba en su interior.  En cuanto lo cogí entre mis manos dejó de temblar como si entre mis brazos encontrara el calor que antes buscaba entre sus raídos ropajes.

Lo llevé junto a la fogata donde aún quedaba una poca de leche del café que antes me tomé junto a mis compañeros. Se la tomó y se acurrucó entre mis piernas donde durmió plácidamente hasta que llegaron mis compañeros y con sus voces de admiración lo despertaron. Los miraba con mirada de extrañeza, tenía que hacer mucho tiempo que no estaba junto a personas, parecía sacado del libro de la selva.
Se apartó de mi lado y se puso amenazante a cuatro patas como hacía Golfo cuando veía cosas que no le eran de su agrado. Usaba sus manos como si fueran zarpas para atacarnos, nos enseñaba los dientes, verdaderamente parecía algún personaje sacado de alguna novela en los que se crían niños bajo la tutela de animales salvajes. Ninguno nos atrevimos a acercarnos, Golfo y los demás perros se pusieron en guardia esperando nuestras órdenes de ataque, que nosotros por supuesto no dimos. Salió corriendo entre la oscuridad donde desapareció al igual que apareció, no dejando rastro.





Al otro día dimos parte a la policía y enseguida se pusieron a buscarlo pero aún hoy en día después de quince años sigue sin aparecer, aunque aún creo verlo en mis largas caminatas con Golfo por el lugar. 


*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo

domingo, 5 de mayo de 2013

FRIO, FRIO




Frío-frío, como el agua del río
o caliente como agua de la fuente
tibio-tibio como un beso que calla
y se enciende si es que acaso le quieres.
(J.L. Guerra)
     La plaza está repleta de gente, todos van deprisa de un lado para otro, cargando multitud de paquetes con regalos de Navidad. La tarde es fría, desapetecible, todos se ocultan tras los abrigos y las bufandas. Ya llega la noche, la negra noche nos inunda, nos abunda, se agarra a todo nuestro alrededor su oscuridad, hasta que llegue el alba y nos la desprenda.
   Esta vorágine me hace recordar el día que nos encontramos por primera vez. Tú ibas como todos, corriendo, con una bufanda tapándote media cara, pero tenías algo que no tenían los demás y eran unos brillantes ojos celestes encima de la bufanda. Unos ojos de bondad, de cariño. Parece que te estoy viendo ahora, que te estás acercando a mí como entonces, como aquella tarde de invierno. Yo iba como siempre voy, distraído, mirando al suelo, con la mirada baja, en una búsqueda eterna sin fin, como si fuera buscando algo que hubiese perdido. En mi distraído caminar nos encontramos o mejor dicho nos atropellamos. Las bolsas que llevabas en las manos se te cayeron. Me agaché para recogerlas y al incorporarme sólo pude ver tus ojos, esos ojos grandes como el cielo, como la inmensidad del ocaso. Tan sólo me distes las gracias y seguiste en tu caminar, con tus prisas de persona ocupada de capital.

   Aunque esta tarde es tan parecida a aquella, falta algo, le falta un duende, un ser mágico, faltas tú, tu persona, tu presencia, tu ser.
   Un frío viento está recorriendo la plaza, creo que es hora de abandonar este lugar e irme ya a casa, para esperar a que llegue mañana y vuelva a venir con mi cabeza baja, mi mirada en el suelo y me siente en esta silla de la cafetería y a través de la ventana miraré y miraré, buscaré y buscaré a la persona que llevo buscando cada tarde desde que te encontré una tarde fría como hoy.                                                              

*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  
(c) Sebastián García Hidalgo

jueves, 21 de marzo de 2013

MI MADRE








*Incluído en el libro "Mirando al Sur"     

Fragmento del relato “La carta”
(c) Sebastián García Hidalgo

viernes, 8 de marzo de 2013

EL TATUAJE




A Marina
Cada día pasea por la playa, deja que el agua moje sus pies. Es una enamorada de la vida, de la mar. Cuando ve que va cayendo el sol, va alejándose de la orilla para recogerse y esperar a que vuelva a salir un simple rayo y regresar para ver pasar los barcos, en espera de que regrese su amor.
Un día conoció a un hombre, que como dice la copla era rubio como la cerveza y con el brazo tatuado. Se sentaba en el puerto y lo veía pasar mientras que descargaban la mercancía. Solía volver cada tres o cuatro días, ya se tenía hecho un calendario con lo que tardaba en volver según el destino.
Su nombre era Marina, el de él la mar lo sabrá. Jamás conoció el nombre de ese marinero, nunca se atrevió a dirigirle la palabra. Sentía que al hacerlo se esfumaría la magia que había en él, quizás al hablar, al conocerlo, no fuera como se lo imaginaba.
Para ella era como un rito, los días que él no estaba se los pasaba soñando como sería si algún día se atreviera a conocerlo, a poder acariciar ese tatuaje que la volvía loca. Y el día que sabía que vendría se levantaba a primera hora y se preparaba para ir a verlo. Iba a casa de su amiga para que alguien la acompañara y no estar todo el día sola, además, no podía mostrar tan claramente que se moría por sus huesos, que no iba para pasar las horas muertas hablando con su amiga, sino para verlo a él.
Lo malo eran los días en que llovía. Esos días eran un puro infierno, tenía que pasar el día en casa, teniendo que contemplarlo a través de la ventana cuando él iba a comer al bar que se encontraba en la misma calle donde vivía Marina. Al menos tenía ese consuelo, que a la hora de la comida lo podía ver atravesar la calle hasta llegar al bar. Y allí tras los cristales esperaba a que saliera.
Pero un día faltó a su cita. Llegó el barco, bajaron todos los marineros menos él. No sabía a que se podía deber esto. Se vio en un momento con una gran angustia. Temía que le hubiese pasado lo peor, no se movió hasta que se fue el barco y pudo comprobar que él no venía en esta ocasión. ¿Qué le podría haber pasado? Temía que nunca más volviera a aparecer por aquel puerto.
Marina regresó al otro día con esperanzas de que en esta ocasión tuviera más suerte. El barco volvió pero él no. Y así día tras día. Ella vagaba como alma en pena.
A partir de entonces va todas las mañanas a esperar que regrese y así lleva ya más de cincuenta años creyendo que algún día volverá, que cualquier día le dará la sorpresa y se lo encontrará en el puerto, rubio como la cerveza y con el brazo tatuado.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo



miércoles, 27 de febrero de 2013

ÚLTIMO ACTO





A Rafaela
Octavo día y sin venir nadie, tanta gente querida que me han olvidado sin querer o queriendo. Desde el primer día sabía que nadie iba a venir, pero nunca se pierde la esperanza avivada por las personas de a pie seguidoras de una artista y que no la olvidan aunque no actúe.
Octavo día encerrada en estas cuatro paredes, enterrada en vida, de las que sólo saldré entre otras cuatro paredes. Nunca se sabe cuando te dejarán, en el momento que ingresé en la residencia de ancianos vi como los que yo creía mis amigos iban desapareciendo, como si temieran quedarse en este lugar para siempre, huyen de lo que no se puede huir, de la vejez. La residencia no es tan mala, aquí he encontrado mi hogar, mi casa, mis amigos con los que acabaré mi última escena y serán los que me aplaudan cuando caiga el telón de la muerte. Para que sirve la fama, el éxito, la gloria si todos terminamos en el mismo lugar, en el lecho del olvido.

Con el trabajo que cuesta subir, lo pronto que se baja. Mis comienzos fueron muy duros ya que entonces el ser artista era una deshonra, al contrario que ahora que ser artista es lo soñado por todos y todos desean tener un hijo artista, pero entonces no era así. Querer pertenecer a la farándula era perder todo contacto con la familia, al fin y al cabo yo tuve suerte porque mis padres lo aceptaron y comprendieron que no era tan malo, aunque no todos pensaron igual. Yo tenía unos veinte años cuando decidí ser lo que soy, por entonces tenía un novio, al enterarse mis suegros de mis propósitos hicieron que él no me volviera a ver, aunque me quería y amaba tanto como yo a él. Lo pasé muy mal y entré en eso que ahora llaman depresión, pero entonces mal de amor.
Al menos tuvo un acto varonil, supo despedirse y no me abandonó sin ninguna explicación. Su despedida fue curiosa, yo no sabía nada y me hizo quedar con él en el mismo lugar y hora de siempre, no le noté nada extraño, porque nunca creí que después de dos años se rompiera el noviazgo por esa tontería. Lo primero que hizo fue entregarme una cajita, la abrí y descubrí que era un colgante, del que nunca me desprendí y que aun llevo junto a mi pecho, después de dármelo le dije que no era nuestro aniversario, ni mi cumpleaños, y me contestó “Esta es una fecha que nunca hemos tenido que recordar, pero que sí recordaremos a partir de ahora.” Y ahí quedó todo, se fue y lo único que me explicó es que sus padres no querían esa relación. Cada vez que lo vi a partir de entonces era morir. Y todo para que, para nada, para sentirme morir cada hora, minuto, segundo, sin poder pararlo.

Aunque convencí a mis padres, ellos decidieron que antes de probar suerte estudiara algo y como lo que me gustaba era maestra escuela, eso estudié. Sólo ejercí un año en el pueblo y luego instruyendo a mi hijo en la carrera de la vida.
Al principio fue difícil, pero dentro de lo que cabe no tanto, mi padre era el director de dos teatros y quizás por eso lo convencí tan pronto. Parecerá extraño que él no quisiera que fuera artista siendo él director de teatro, pero es que conocía lo que había que pasar para llegar a ser alguien en este mundo y no quería que yo pasara penalidades.
Él me iba metiendo en las obras que se representaban en sus teatros con pequeños papeles secundarios. Durante toda mi vida he hecho grandes personajes, pero ninguno me son tan recordados como los primeros. Así fui subiendo hasta que llegué a ser la protagonista, cuando vino mi etapa del cine volví a ser un personaje secundario, al que le costó salir de un papel fijo, ya me quedé con ese personaje durante mucho tiempo, eso nunca me ha molestado, ya que aunque me encasillaron con ese papel siempre me trataron con cariño. También he hecho grandes papeles que nadie ha olvidado.

Noveno día y sin venir nadie. Hoy ni siquiera ha venido mi hijo. No habrá podido. Estará muy ocupado, él trabajando, mi nuera igual y mis nietos en el colegio. Menos mal que mi perrita no me abandona, es la única que no lo hace desde que la tengo. Desde el momento que la vi me encapriché y aquí está, nunca me deja. Me la regaló un compañero del teatro. Un día caminando pasé por una tienda de animales. Allí vi varios cachorros, todos iguales, pequeñitos, peloncetes. Uno me llamó la atención.  se me metió en la cabeza tener el perro, pero no podía dejarlo solo, porque para dejarlo abandonado en el patio de mi casa durante las temporadas que tuviera que estar en el teatro, para eso mejor lo dejaba en la tienda y que lo comprara otro que lo pudiera tener siempre.
Ese compañero al enterarse que yo quería el perro y al verme con los ojos enternecedores que miraba a la perrita, me la compró. Llegó un día con una caja de sombrero y me dijo que era para actuar. Me extrañó porque a esas alturas poner un nuevo accesorio era raro. Lo abrí y al ver como me miraba aquella perrita, se me cayeron dos lagrimones que por poco el ahogo. La estreché entre mis brazos y desde entonces nunca se ha separado de mi.

Menos mal que la tengo a ella. Hoy he preguntado si ha venido alguien para verme y como desde hace ya bastante tiempo, me han respondido que no. como siempre me consuelo con la esperanza que vendrán mañana, porque hoy no habrán podido venir. Están tan ocupados que hace un mes que nadie viene. Aquí se ven pasar los días más lentos que ahí fuera, todos corriendo de un lado para otro, pero aquí parece que se han parado los relojes, el tiempo, que la vida no pasa, tan sólo muere, igual que todos los de esta residencia, igual que yo.

Noveno día en esta horrenda cama atada a unas gomas para el suero, para alargarme la vida, para alargarme el sufrir, para ver como me olvidan, para ver como me abandonan. Sólo se acordarán de mí cuando muera. En todas las revistas pondrá “Ha fallecido la gran actriz por todos querida, a la que nunca olvidaremos.”. Claro que nunca me olvidarán, como me van a olvidar si ya lo han hecho y eso que estoy viva. Cuando esté muerta las revistas y televisiones rapiñarán para ver quien saca antes el programa homenaje, quien emite la mejor película, que resulta ser en la que menos sale la homenajeada y todos esos que ahora no están entonces si estarán, llorando y diciendo que ha muerto una gran artista, una gran persona, una gran amiga, una profesional y nunca la podrán olvidar. Mentira, todo mentira, cuando se tienen que dar los homenajes es en vida, cuando se tiene que querer a una persona es en vida, cuando se debe recordar es en vida y no cuando te estás pudriendo en una caja y nunca más te verán.

Acaban de decirme que mi hijo ha llegado. Que bueno es el pobre, después de estar trabajando viene a verme. Cuanto siento tenerme que haber venido de su casa, pero así no me podían cuidar. Todo el día trabajando y yo sola. Si me hubiese puesto mala en su casa, allí hubiese muerto y no se hubiesen enterado hasta que volvieran, en cambio aquí con cualquier dolor que tenga ya me están examinando para ver que es. Nunca he estado sola, cuando estaba en mi casa tenía a una mujer para que me cuidara, aunque últimamente era yo quien la tenía que cuidar a ella. Entonces se fue a un asilo y yo con mi hijo. Fue una lástima tenerme que separar de ella, estuvimos tantos años juntas. Ya no sólo era la mujer que me hacía las tareas de la casa y tenía cuidado de mí, sino también una hermana, ya sé que es todo un tópico, pero verdad. Hemos viajado tanto, siempre me tenía el equipaje dos semanas antes, cuando llegábamos al teatro lo primero que hacía era arreglar el vestuario y cuando estábamos representando, ella siempre permanecía en el camerino planchando y poniendo toda la ropa perfecta para la siguiente escena. Nunca vio ninguna obra mía entera, y no es porque no pudiera, sino que no quería, lo único que llegaba a veces a ver completo era el ensayo, pero en contadas ocasiones. Todo esto se lo tengo que agradecer, ya que me ha sacado de muchos apuros, que si se ha descocido, se ha manchado, se le ha caído un botón y allí estaba siempre al pie de la aguja. Además de apoyo material siempre ha sido un apoyo moral, cuando venían los días flojos de la compañía, allí estaba para dar ánimos y decir que el próximo iría mejor. Para mis problemas personales era mi única confidente. Me apoyaba. Me aconsejaba y ayudaba en todo lo que podía y en lo que no también. Cuando dejé de viajar fue un gran trago para las dos, acostumbradas a andar de un lado para otro, pasar grandes temporadas fuera de casa y ahora tener que estar encerradas fue difícil. Quizás eso fue lo que la envejeció antes, pero lo malo es que tampoco podíamos viajar cuanto queríamos, ya que estábamos las dos muy mayores. Tenía veinte años menos que yo. Los cumpleaños eran verdaderas fiestas, casi siempre personales, pero no importaba, además, cumplimos los años en la misma semana. La fiesta más larga fue cuando cumplí los ochenta años y ella los sesenta. El mío fue en lunes y el suyo al siguiente domingo así que tuvimos una celebración de una semana, cada noche cenábamos en el lugar que queríamos e íbamos a donde nunca habíamos ido.
Se alegraba más de lo que me pasaba a mí, que de lo que le pasaba a ella. Cuando me dieron la medalla de oro al merito del trabajo por mi carrera de actriz, al mismo tiempo que yo lloraba, ella también lo hacía. Ella sentía como si a quien le estuviera poniendo la medalla el rey fuera a ella. Lo que más sentí aquel día fue que manché las manos del rey con mis lágrimas y él decía “No llores si es un día muy bonito para ti.”. Hay tantos momentos que pasamos juntas y que jamás olvidaré.

Ya se ha ido mi hijo y ahora vuelta a empezar a lo de todos los días, a esperar que pasen los días, para que vuelva o que alguien venga a visitarme aunque sea por equivocación. La visita que no olvidaré será cuando vinieron las revistas en mi noventa cumpleaños. Ese fue el mayor regalo que me podían haber hecho. Entonces vi que no me habían olvidado del todo, que seguía en la memoria de muchos. Yo no recordaba que era mi cumpleaños. Me levanté como siempre, recordando que ya me faltaba menos para cumplir el siglo, que quiero cumplir, aunque viendo como estoy ahora no creo llegar. Fui a desayunar, poco a poco se fueron yendo y sólo quedé yo, me sorprendió esto, pero seguí desayunando. Terminé y salí al jardín, allí estaba lo inesperado, estaban todos los de la prensa, el corazón me dio un vuelco que no sé como sobreviví a la sorpresa, pero lo hice y aquí estoy poco tiempo después, entonces tan alegre, ahora tan triste y sola. Lo que más siento es que he tenido que abandonar el teatro, él que siempre lo ha sido todo para mí, en lo bueno y en lo malo, pero siempre a mi lado. En el teatro he encontrado a mis mejores amigos, a mi marido e incluso tuve a mi hijo. A algunos les parecerá extraño, a otros no, en aquellos tiempos no había tantos adelantos y no se podía calcular tan bien los días de embarazo y me pilló allí.
Antes de empezar la función sentí unas molestias, pero en ese mundo no hay más remedio que seguir adelante pase lo que pase y sin exteriorizar nada. En una ocasión me pasó algo parecido pero aun peor y fue cuando murió mi padre, me enteré en el descanso de la obra y tuve que continuar como si nada. No sé como pude continuar. Se me hizo un nudo en la garganta que soltar las palabras me costaba la propia vida, pero aquí no queda la cosa, porque por aquellos tiempos se hacían dos pases al día. El segundo no terminaba muy tarde porque se tenían que recoger todos temprano, pero a mí se me hizo eterno. Cuando me enteré fue en el primer pase así que tuve que terminarlo y a la hora comenzar el segundo. Entonces no había día de descanso, así que para poder estar en el funeral me tuve que pasar todo el día en la carretera. Suerte que estaba en una ciudad cercana,  por la noche vuelta a empezar con la obra, aun con el nudo en la garganta y una pena que me tuve que tragar.
Así que lo del embrazo se quedó pequeño, menos mal que no había los dos pases porque si no tengo el niño en el escenario, aunque faltó poco. Cuando me empezó los dolores se lo dije a los de camerino y enseguida llamaron al doctor. A pesar de que había llegado el médico y los dolores eran insoportables continué hasta que cayó el telón, porque hay algo que siempre he dicho y es que nada me hará parar la interpretación. Todos los de la compañía me tenían por cabezona pero ninguno me creyó capaz de tanto. Fue bajar del escenario y romper aguas. El doctor estaba preparado y entre todos me llevaron a mi camerino donde me dejaron a solas con el doctor. Pero no me arrepentí de lo que hice porque de recompensa tuve un hermoso niño.

Décimo día y sin venir nadie de los que se hacían llamar amigos. Yo nunca abandoné a ninguno y ellos que me han abandonado todos. Día a día va muriendo la esperanza de volver a verlos. ¿Porque no vendrán? ¿Será porque no me quieren o es que nunca me han querido? El compañero que nunca me ha dejado es mi marido, pero desgraciadamente falleció. Su pérdida fue muy dura, estuvimos muchos años juntos, sin separarnos, ya que siempre solíamos coger trabajos juntos o que estuvieran cerca.
Lo conocí en el teatro, yo no me fijé en él. Yo nunca pensé que me fuera a casar con algún actor. Los primeros días yo tampoco le llamaba mucho la atención, cuando ya se fijó en mí y empezó a tontear, lo tuvo difícil, ya que yo una chica buena, con una educación férrea, sin haber tenido relaciones con otro hombre, le tenía que parar hasta estar segura de las intenciones que llevaba. Él no desistió nunca de seducirme, que si una mirada, un halago, una flor, yo le contestaba delicadamente, para que no se enfriara. Un día fue ya el definitivo, estaría ya harto de que no me decidiera. Llevaba casi dos años detrás mía  y sin conseguir más que alguna que otra sonrisa. Estaba tan tranquila en mi camerino cuando llegó el acomodador y me entregó un gran ramo. Le estuve buscando la tarjeta pero no se la encontré, al no verla pensé que sería de los tantos admiradores que hay que suelen dejar su regalo, cuando se fue el acomodador vino mi pretendiente. Me entregó una cajita y me dijo que se lo había dado el acomodador porque se le había olvidado antes. Se marchó y me dejó sola, no fue muy lejos, se quedó tras la puerta. Abrí la caja y en ella había una alianza con un mensaje “De un admirador y un amor”. Salí corriendo en busca de él y cuando lo vi tras la puerta lo abracé y besé, me dijo que significaba aquello y así de claro le contesté “So idiota, que sí te amo.”. Desde entonces nunca nos separamos.
El arreglar la boda fue difícil, ya que la vida de actor modesto no es muy desahogada y se tiene poco dinero. Sacamos de donde pudimos, con ayuda de unos y otros, que uno nos regala esto, otro lo que pudo y en tres años nos casamos. Jamás he sido tan feliz como aquel día. Estaban todos los compañeros y amigos. Era una iglesia pequeñita pero acogedora con una Inmaculada presidiendo el altar. Era una imagen antigua, quizás del Barroco, pero bueno no lo digo muy segura porque de arte entiendo más bien poco, así que me quedaré con que era una imagen bastante antigua con una dulzura en la mirada que daba confianza en esos momentos. Tenía una mirada cómplice, quizás como la que tuvo en vida María cuando recibió en matrimonio a José.
Tras la ceremonia nos fuimos a un restaurante donde lo celebramos entre risas y brindis. No fue una comida como la de una boda real, pero nos lo pasamos bien.
Así que su muerte fue como perder una parte de mí. Con su muerte murió un trozo de mi corazón. Ya nada podrá sustituirlo, aunque no creo que tenga ya mucho tiempo para hacerlo. Lo más seguro es que dentro de unos días me vuelva a reunir con él y juntos viviremos eternamente, con la juventud de entonces, no con el deterioro en el cuerpo que tengo ahora.

El único consuelo que me queda es que dentro de un tiempo nadie recordará estos restos de lo que fue una modesta actriz, aunque algunos dicen que fui una gran artista. Estos restos decrépitos y arrugados sólo se recordarán un par de días o quizá unos años, gracias a Dios y a quien lo haga posible, pronto olvidarán esta vieja muerta en la soledad y recordarán a la actriz que durante tanto tiempo hizo reír y llorar.
   Yo nunca he tenido un gran cuerpo, siempre he sido baja y menudita, muy poca cosa, pero a pesar de eso me han ofrecido papeles del destape. Cuando se puso de moda ese tipo de cine, que se llamaba..., ahora no lo recuerdo, pero era, siendo clara, cine verde y yo nunca he aceptado mostrar mis pechos a  nadie, incluso a mi marido le costó verlos después de bastante tiempo casados, tonta fui, debería haber aprovechado como hacen las jóvenes de ahora, pero entonces no éramos tan lanzadas. Lo que me da coraje es no recordar el nombre de esa clase de cine, espera que piense, sicodélico, cicolico, calitico, ¡ah, sí!, cine sicalíptico, un nombre un poco complicado, quizás por eso al final ha quedado tan sólo como cine X.
   Enseñar no han conseguido que enseñe nada, pero decir si lo he dicho a pesar mío. Pienso que para hacer gracia no hace falta decir tacos y palabras groseras para que se divirtieran conmigo y mis actuaciones, además, que gracia tiene que una vieja sea tan mal hablada y borde.
   Ahora el cine está muy estropeado con tantas obscenidades, antes era más limpio, más inocente y sin nada de sexo, pero en estos tiempos si no hay sexo y violencia no consideran buena una película. Una actriz de ahora para llegar a ser alguien, antes lo tiene que enseñar todo, hasta las entrañas si es preciso, tienen que mostrarse como su madre les trajo al mundo.

Décimo día y aun pensando que de esta no me libra nadie. Cada vez la siento más cerca, y que fría es. Quisiera que el día que me llegara fuera con delicadeza y lo más importante, sin dolor. Parece que cada día que pasa se me va haciendo más leve la soledad, no habré sido tan buena como he querido ser, porque el resultado así lo muestra, me dejaron sola. Pero yo creo que he sido buena con todos que a nadie he faltado, siempre haciendo favores, siempre dando todo lo mío, yo que hubiese vendido mi alma al diablo, si gracias a eso pudiese hacer feliz a alguien. Hasta en mis últimos días los apoyo, defendiéndolos ante quienes dicen que me han olvidado, al final tendré que terminar por creérmelo. Siempre que me han llamado ahí he estado, nunca me han faltado las fuerzas para trabajar, para entregarme. La última película que hice fue con ochenta y cinco años, por la mañana grababa como una loca para que todo estuviera perfecto y por la noche iba al teatro. Yo nunca he parado, no suspendí ni en la guerra civil, en aquellas fechas en plena guerra seguía actuando, cuando escuchábamos la sirena que anunciaba un bombardeo parábamos, apagábamos las luces y allí desde el interior del teatro oíamos todo y cuando cesaba volvíamos a encender la luz y continuábamos como si nada hubiese ocurrido, como si lo que hubiésemos escuchado, fueran simplemente petardos inofensivos.

Que pena más grande siento. Cuantas lágrimas ha derramado mi corazón en estos días. Cuantas veces me he preguntado si aun sigo viva en realidad, porque tanto abandono no puede ser cierto nunca, nunca. Si la muerte es como cuentan, que venga ya, que venga, que me lleve a su lado, que me quite este sufrimiento, que me libre de estas cadenas, que me libre de este tormento, déjame ir junto a ti que no puedo resistir tanto sufrimiento. Aquí estoy esperando que me venga a mí la muerte, esperando el día, esperando la brisa, esperando el tranvía que me quite ya la vida.

Desde aquí duelen más las cosas, veo como a todos vienen a visitarlos familiares y amigos casi a diario, siendo personas muy desagradables y odiando que las visiten. En cambio a mí que lo deseo, lo anhelo, no me complacen. Yo sólo quiero que vengan para que me den amor, cariño y que yo se lo pueda devolver el doble.

Soledad maldita soledad, el que te inventó debería haberse muerto en ese instante, soledad amarga soledad, portadora de silencio indeseado, soledad cruel soledad, que se acerca a quien no la quiere y a quien la quiere no se une, soledad triste soledad, de días oscuros en plena luz, soledad abusadora soledad, administrada a grandes dosis por personas sin corazón, soledad embaucadora soledad, que te presentas como en verdad no eres. Vete, déjame libre, suéltame de tus garras, esas garras que me has clavado en el corazón, en el alma, sin mirar que así me estás matando poco a poco y sin ningún cuidado. No sé como te he podido resistir tanto tiempo, ya la única posibilidad que tengo de librarme de ti es cuando llegue ella y me lleve junto a mi gente querida que me espera.

   Ya siento que se acerca, que viene. Un aire frío inunda la habitación. Una nube clara, blanquecina se introduce por las rendijas de la puerta y la ventana. Los sueros, la cama y las cuatro paredes han desaparecido, ¿qué querrá decir esto?, ¿vendrá ya?, ¿será ella o tan sólo una ilusión que tú, soledad, me estás haciendo ver?, por favor déjame de hacer sufrir, si quieres matarme hazlo, pero sin hacerme padecer. Una luz brillante ilumina lo que antes era una habitación y lo que ahora es una nube del cielo. La luz se ha concentrado en un punto, en el que ha aparecido un túnel, ¿lo atravieso?, no sé que hacer. Si lo cruzo abandono la vida, a mi hijo. Si lo atravieso, recupero amigos y a mi marido. Si paso aquí dejaré guerras, luchas, incomprensión y soledad y allí encontraré paz, alegría, compañía, mejor lo cruzo y que sea lo que Dios quiera. Ya lo he atravesado, pero ¿qué es esa música celestial? Parecen ángeles cantando a coro, ¡si son aplausos! Y ¿qué será aquella luz pura y cándida tan brillante y blanca? Algo me empuja hacia ella y ya no puedo echarme atrás, ¿significará eso que debo ir?, ¿que debo salir a recibir los aplausos? Nunca me habían aplaudido tan fuerte y melodiosamente. Cuanto más me acerco más brilla la luz y con más fuerza me aplauden. Poco a poco van apareciendo figuras que son difíciles de reconocer, son hombres y mujeres, ¡pero si son mis amigos fallecidos, mis padres! y aquel del final parece ¡mi marido!, ¿será o no será? Sólo lo puedo saber de una manera y es acercándome. Cada vez aparecen más personas queridas a mi lado aplaudiendo y vitoreándome, como si fuera un torero tras la lidia. Ya he llegado a la gran luz y en efecto es mi marido, pero ¿qué señala?, son unas bambalinas, unas bambalinas familiares, son las del teatro donde debuté, aunque hay cosas que han cambiado, una es que el suelo es de algodón y el público son ángeles que me aplauden en mi última interpretación, en la última escena de la vida, que finalizará aquí, cuando esos aplausos cesen y caiga el telón de la muerte.


*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo

martes, 19 de febrero de 2013

DEJA QUE LLUEVA





Soledad y más soledad es lo que hay en la calle. Tras los cristales tan sólo se ve caer el agua. Quisiera evadirme de tus pensamientos pero me es imposible, ni mirando a través de la ventana encuentro nada que me distraiga y me haga ir a otro lugar en el que no estés tú y tus recuerdos.
Me gustaría salir a la calle, bajo la lluvia y empaparme con cada una de las gotas de agua que caen del negro cielo. Me pondría a correr y no pararía hasta que no dejara de llover, chapotearía en cada charco y gritaría a los cuatro vientos, para que todos lo escucharan. Todos dirían que estoy loco, pero un loco enamorado que proclama su amor por ti. Pero no, sigo aquí colocado como un trasto tras los cristales contemplando como pasan los paraguas y como las gotas de lluvia repican en ellos, como la gente se cobija en sus coches hasta llegar a sus casas. Como sigo como un idiota pensando en ti, en mi amada.
Quizás lo que espero ver por la ventana es a ti, a una joven guapa, bella con tu larga melena recogida en una cola de caballo, con tu abrigo negro hasta los tobillos y en tu mano abierto ese paraguas de flores que tu madre te regaló en tu último cumpleaños.
Pero deja, deja que llueva, que el agua caiga, que las calles se mojen, se empapen. Deja que pase el tiempo, los días, pero no dejes que mi corazón se duela por no tenerte, que mi ser no sufra.
Parece que la carrera de las gotas está aminorando. Esa carrera que comenzaron hace cinco horas, cinco horas de angustia por no poder salir a  la calle, al exterior. Cinco horas encerrado en esta habitación, cinco horas intentando olvidarte y cinco horas sin lograrlo.
Por favor ven a mi lado, no me dejes, tenme siempre a tu vera, pasa por mi calle aunque sea sólo un instante, un momento con el que pueda disfrutar con tu presencia. Ven antes que empiece de nuevo a llover y que lo único que se vea a través de los cristales sean gotas de lluvia.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo


martes, 5 de febrero de 2013

DESESPERACIÓN


                                                                                  Tania Coello



A Carmen





*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo

martes, 27 de noviembre de 2012

NASIM




Érase una vez que se era, un lejano país en el lejanísimo oriente, donde hace muchos años que vivía un príncipe llamado Nasim, hijo del sultán del reino. Tenía catorce años y el padre le estaba buscando una esposa para que cuando cumpliera la mayoría de edad se casara y pudieran tener pronto descendencia, para que la dinastía siempre estuviera segura y que no se perdiera. El gran sultán se pasaba todo el día hablándole a su hijo de distintas princesas de reinos cercanos para que se interesara en alguna. Cada una que le presentaba y de la que le hablaba le era más indiferente que la anterior al pequeño príncipe.
Al futuro sultán le gustaba más pasar las horas pensando en el exterior del palacio, en los campos que rodeaban a las fortalezas de su padre, con sus cultivos variados y dispares, en el olor de los naranjos, sobretodo cuando estaban en flor como sucedía ahora. Así que las palabras que le decía su padre nos le eran importantes, no veía necesario tener que estar con ninguna de aquellas mujeres que le traía el padre para ser feliz. El sultán insistía que tenía que decidirse por una para irla preparando como la futura esposa del sultán. Pero Nasim seguía sin querer casarse o al menos no con ninguna de aquellas adolescentes princesas. Si para ser sultán tenía que contraer matrimonio con una de esas mujeres que no le decían nada, prefería no serlo, que lo fuera su hermano. No entendía muy bien eso de que tuviera que ser él el sultán porque fuera el primogénito, y sino que lo dejaran gobernar pero sin estar casado, ya que para ser un buen gobernante no veía necesario que tuviera esposa, sólo una mente y espíritu limpios para llevar a su pueblo por el buen camino y saber administrar el reino con sabiduría y orden.

Iban pasando los días y al padre se le iba acabando la paciencia y el joven cada vez sentía más apatía por todas esas jóvenes.
Un día que andaba Nasim paseando por los jardines de palacio entre las flores de acacia, escuchando el sonido fresco del agua de las fuentes y repasando el estudio del Corán, fue llamado por el gran sultán para que conociera a otra joven. Estaba ya cansado de ver a tantas posibles futuras esposas, se ausentó de palacio a la hora que debía haber estado con su padre viendo a la chica y se escapó como solía hacer a menudo, fuera de las lindes donde lo podía vigilar el sultán.

Nasim llegó hasta el mercado. Este lugar le parecía mágico, tantos colores en la zona donde vendían las ropas y las telas, tantas texturas distintas, tan llamativos colores, pero donde más disfrutaba era con la comida con los olores mezclados de las distintas frutas, las especias tan intensas que se vendían. Mareaba el olor tan distinto que había en aquel lugar, olor dulce a azúcar mezclado con los fuertes condimentos para las comidas como el azafrán, el clavo, el ajonjolí. También había mucha artesanía, tenderetes con joyas de piedras preciosas, topacios, esmeraldas, amatistas, engarzadas en collares, broches de oro, plata, alpaca. Artículos de madera tallados a mano por laboriosos artesanos, figuritas, cajas, utensilios para la casa.
Nasim se fijo en una cajita labrada del tamaño perfecto para guardar los pocos recuerdos que aun conservaba de su madre. Detrás del puesto quien estaba era otro chaval como él, de piel morena pero con ropajes más roídos y descuidados que nuestro pequeño príncipe.
El joven comerciante se acercó más a Nasim para enseñarle la mercancía, para ver si éste se interesaba un poco más por sus objetos. El chico se dio cuenta que no le quitaba la mirada a la cajita de madera.
- ¿Por qué no te la llevas?
- Que más quisiera, pero no llevo dinero. No puedo pagarlo.
Nasim nunca llevaba dinero, dentro de palacio no le era necesario y cuando salía fuera siempre lo hacía acompañado, así que no le hacía falta llevarlo encima.
- No importa, otro día me lo pagas. Yo sé quien eres.
- ¿Si?
El príncipe se sorprendió que aquel joven dijera que lo conocía, le extrañaba. Nunca había visto aquella cara o al menos eso creía, por lo menos en palacio nunca había sido.
- Sí, sé quien eres. Sé que eres el hijo del sultán, te he visto varias veces pasar por esta calle acompañado por tu padre.
- Pues nunca te había visto.
- Es que procuro no estar visible. Me escondo, porque me da vergüenza que notes que te observo. Te sigo por todo el mercado, hasta que terminas el paseo con tu padre y volvéis a palacio. Me gusta ver como vistes, tu porte, con la elegancia que andas, lo guapo que se te ve.
- Me sorprende que alguien se interese en seguirme.
El joven comerciante a lo largo de toda su explicación fue cambiando su tono de piel a un sonrojo y una caída de ojos como avergonzado de todo lo que estaba confesando al que según él era un guapo príncipe.
- Así que por favor llévate la caja y un día que pases aquí con el sultán en vuestro paseo semanal me lo pagas.
Nasim tomó la caja entre sus manos, la acarició suavemente y sintió su tacto fino y pulido de la madera. El joven comerciante lo miró sonriendo con satisfacción de poder complacer al joven y guapo príncipe.
- Me lo llevaré, pero mañana mismo haré que alguien de palacio venga a traerte el dinero sin demora.
- No tiene que ser mañana, cuando te sea posible.
- Mañana mismo estará aquí el dinero y sino te lo traigo yo personalmente.
- Si es así con tu compañía mucho mejor.
- Gracias...
Nasim se quedó pensativo ya que no sabía el nombre de aquel chico y no podía dirigir a nadie aquel agradecimiento.
- Mi nombre es Hosayn.
- El mío Nasim.

El príncipe regresó a palacio con la caja debajo del brazo y con el recuerdo de la cara y la voz de Hosayn en la mente. Iba inmerso en el recuerdo de aquel chico  cuando oyó su nombre de boca del gran sultán. Ya había entrado en los jardines de palacio y su padre lo había visto llegar. Se notaba en su voz la furia y la rabia que despedía al reclamar la presencia de su hijo. La angustia le salía por los ojos, estaba ya ante la presencia de su padre con la cabeza agachada y con la cajita aun debajo de su brazo. Nunca en su todavía corta vida le había visto tan furioso, no era normal el estado en el que halló a su padre.
- ¿Dónde te has metido?
- He ido al mercado.
- ¿No te había dicho que hoy tenías que estar en palacio?
- Se me olvidó padre.
- No pones interés en encontrar a tu futura esposa.
- Lo siento padre, pero es que me entretuve con un chico en el mercado.
- ¿Con quien? Si tú no conoces a nadie fuera de palacio.
- Es un comerciante de mi edad y me vendió esta cajita para guardar las cosas de madre.
- Yo buscándote pareja y tú mientras tanto conociendo chicos por ahí. A quien tienes que conocer es a la futura sultana.

A la mañana siguiente Nasim madrugó todo lo que puedo para ir a ver a Hosayn. El sol empezaba a lucir detrás de las torretas de palacio. Los primeros rayos bañaban el dormitorio del joven y, según el comerciante, guapo príncipe. Se puso la ropa que pudiera impresionar más al mercader y con la que éste le pusiera más atención al verlo.

- Aquí tienes tu dinero.
- Gracias.
Se miraron durante un rato a los ojos, el instante fue eterno, la mirada de ambos brillaba en la profundidad. El tacto de sus manos al roce de sus pieles al estregarle Nasim las monedas fue dulce.
- ¿Siempre estás aquí en el mercado?
- No, sólo vengo a veces a ayudar a mi padre, pero me escapo muy a menudo.
- Yo también me suelo escapar del lado de mi padre.
Los dos sonrieron a la vez, las miradas seguían unidas en aquella intención de nunca dejar de mirarse con esa fijación.
- Me hace gracia cuando sonríes Nasim.
- ¿Por qué?
El príncipe quedó serio sin esbozar ni una leve sonrisa.
- Se te ve más importante, más distinguido, más guapo.
- No me digas esas cosas que me ruborizo.
Era cierto, Nasim era muy tímido y cualquier halago que le hacían le servía de inmediato para sentirse incomodo.
- Bueno Hosayn, me marcho, a ver si nos podemos ver pronto.
- Si quieres dentro de un rato cuando termine de ayudar a mi padre a colocar las cosas.
- Vale, cuando tú quieras.
- Espérame junto al patio de los naranjos. Voy enseguida. ¿Sabes donde es?
- Muy a menudo también me pierdo allí para sentirme solo y libre.

Nasim esperaba la llegada de su amigo embriagado con el olor del azahar de los naranjos. Cuantas veces había paseado entre aquellos árboles y hoy lo haría acompañado de Hosayn. Y así fue, durante toda la mañana estuvieron juntos por aquellos lugares solitarios que aun esperan que se caigan la flor del naranjo para que salga su fruto y sea la recolecta. Ambos caminaban entre los árboles floridos como si fueran dos viejos amigos que recuerdan tiempos pasados que han de recordar para no olvidar. También podían pasar por ser unos amantes cortejándose entre el perfume embriagador de los naranjos.

Pasó el tiempo y los jóvenes crecieron al igual que su relación. Entre el paso de las estaciones, de los años, de sus paseos furtivos y secretos, había crecido el amor entre ellos, se habían enamorado el uno del otro. La felicidad entre ellos era inmensa, nada los hacía decaer de su enamoramiento.
Nasim y Hosayn cumplieron la mayoría de edad. Habían dejado de ser aquellos adolescentes que empezaron jugando y paseando por los naranjos en flor para pasar a ser ya todos unos hombres. Hosayn pronto se haría cargo del negocio de su padre, ya estaba mayor y no podía llevar tanto trabajo a su cargo.
El gran sultán en todo este tiempo no había desistido en su empeño de buscar la esposa de su hijo mayor, mientras que este seguía sin decidirse por ninguna, ya que no tenia interés en encontrarla, solo deseaba en tener tiempo para escaparse un rato y estar junto a Hosayn. Sabía que si hacía lo que su padre deseaba y elegía entre todas aquellas mujeres a la futura sultana y se casaba con ella, iba a ser el sultán mas desgraciado que jamás había existido en aquel reino, ya que no estaría con quien de verdad quería vivir, del que deseaba su corazón y su alma. No sabía si aquel amor entre hombres estaba permitido por el Corán, pero tampoco tenía intención de preguntarlo no fuera a ser que se enterara su padre e hiciera que nunca más se volvieran a ver Hosayn y él.

El sultán cansado de las indecisiones de su hijo mandó llamar ante su presencia a su primogénito.
- Te he hecho llamar para informarte que tienes que elegir esposa antes que termine el otoño, sino me veré en el deber de tomar esa decisión por ti.
- No puedes padre.
- Para esta primavera tendrá lugar tus nupcias.
Nasim se retiró apesadumbrado a su cuarto donde se limitó a llorar. De sus ojos no dejaban  de brotar lágrimas de amargura y de rabia hacia su padre. Pensaba en como le diría a Hosayn todo aquello que le acababa de comunicar su padre, sabía que le haría un daño enorme e irreparable si le decía que en unos meses se casaría.
Así fue, le destrozó el corazón, creía que le había explotado en su pecho, que había dejado de latir en el mismo instante que Nasim pronunció las palabras malditas. Se quedó sin hablar, sin pronunciar ni una sola palabra ni hacer ningún gesto.
- Dime algo por favor.
- No puedo. No sé que decir.
- Igual estoy yo. Yo no me puedo casar con alguien que no quiero.
- Niégate a casarte.
- No puedo, mi padre me casará a la fuerza.
- Inténtalo al menos.
Ese día no pasearon con la misma calidez que de costumbre, el frío del otoño se les había metido en el cuerpo y no podían sacarlo. Llegó la hora de separarse, Hosayn se acercó a Nasim y cuando lo tuvo frente a frente lo besó, era la primera vez que se daban un beso, un beso de amor. Y le repitió a Nasim que lo intentara con su padre, que pensara en su felicidad.

Todo el cuerpo le temblaba, le daba miedo enfrentarse a su padre, pero no tenía más remedio que hacerlo si quería seguir con Hosayn. Se armó del poco valor que le quedaba en el cuerpo de aquel ya no tan joven príncipe. Habló con toda la entereza y la serenidad que pudo con su padre. Le dijo que no podía casarse porque no había ninguna mujer que le gustara, que renunciaba a ser sultán, que lo fuera su hermano. El gran sultán enfureció hasta ponerse rojo de la rabia.
- Te casarás el primer día de la primavera con la princesa que yo elija y hasta entonces no saldrás de palacio preparándote para las celebraciones de tu boda.
Nasim lloró como nunca había hecho hasta entonces. Se llevó días sin comer, sólo hacia llorar y vagar por entre los jardines de palacio, era un alma sin sentido.
Mientras, la noticia de la boda se corrió por todo el reino hasta llegar a conocimiento de Hosayn. Intentó por todos los medios comunicarse con Nasim, pero el gran sultán lo había incomunicado y era imposible hablar con él.

Llegó el día de la boda de Nasim con la esposa que su padre le había elegido. Iba a ser una gran ceremonia donde estarían los reyes de reinos lejanos para presenciar la unión entre estas dos personas. A Nasim lo vistieron con las mejores telas, lo trataron como el gobernante que en un futuro iba a ser.
El pueblo también se había vestido de fiesta. Todos estaban contentos con esta nueva boda, menos Hosayn, que desde que había tenido que dejar de ver a Nasim ya no era el mismo. Se le había agriado el carácter, siempre estaba tenso y desagradable. El aspecto del novio tampoco era el más adecuado para la ocasión, por fuera tenía las sedas más caras, las joyas más bellas, pero por dentro estaba destruido, su corazón estaba con Hosayn y no con aquella joven que sólo había visto cuatro veces y por la que no sentía ningún aprecio, tan solo lástima por su obligación a casarse con alguien que nunca la iba a querer, por que él quería a Nasim.
Ya era la hora de la boda, todo estaba listo, cada uno ocupaba su lugar. Sólo faltaba el novio, aun no había aparecido el príncipe. Fueron a buscarlo a su habitación, pero allí no había nadie, estaba vacía. En el suelo encontraron el traje con el que se iba a casar, lo había tirado junto a las joyas. Buscaron por todo el cuarto y no faltaba nada, sólo Nasim y la pequeña cajita con las cosas de su madre.

Hosayn lloraba entre los naranjos que aun estaban a medio florecer. Sabía que a esa hora Nasim ya se habría casado. Notó la presencia de alguien a sus espaldas y escuchó como decían su nombre El oír su nombre le hizo reaccionar por un instante.
- Hosayn, he venido a buscarte, para irnos lejos y ser felices los dos juntos.
Se abrazaron fuerte el uno contra el otro y el azahar se terminó de abrir para dar paso a su blancura y su perfume.
Nasim y Hosayn viajaron muy lejos y allí fueron completamente felices. Y colorín colorado esta historia que quizá algún día existió se ha terminado.


*Incluído en el libro "Mirando al Sur"
(c) Sebastián García Hidalgo