jueves, 22 de octubre de 2015

PEQUEÑA BAILARINA

A Soles
Un rayo de sol
brilló sobre su pelo
y con un regaliz
los ojos se agrandó.
(Baras-Marvizón)
Polvo y más polvo es lo único que podemos encontrar en este viejo desván. Tras el paso de los encargados de la mudanza no han dejado nada que me retraiga a otro tiempo. Sólo me quedan mis recuerdos para poder volver atrás. Cuantos recuerdos perdurarán bajo los escombros de esta casa cuando sea demolida. No podré cumplir la promesa que le hice a mis abuelos de mantener esta casa hasta el final de mis días, pero una constructora y la hipoteca que recaía sobre esta casa desde hace más de diez años han podido más que el amor de una nieta con sus abuelos.
Con lo que he luchado por mantener la vivienda de mis antecesores y ahora sólo quedan las paredes y el suelo de madrea, las polvorientas vigas y la ventana hacia..., hacia nada que valga la pena, en otros tiempos sí, ahora no. Ahora tan sólo da a un supermercado, una de esas grandes superficies en las que sólo hay calles monótonas y gente como autómatas cogiendo botes y más botes de comida en conserva de los estantes, con las que no se puede entablar ni la menor conversación ya que no los conocemos. Se va siempre con demasiadas prisas como para pararse a entablar ese primer diálogo. Antes desde el ventanal se podía contemplar la esencia de una ciudad, un pueblo, sus gentes. Enfrente de esta casa había un parque con sus árboles, bancos y los niños correteando tras un balón y a un lado el kiosco de don Miguel, un hombre que vio pasar de niño a adolescente a varias generaciones tras la ventanilla de su kiosco.
Cada mañana le compraba las chucherías a don Miguel para después saborearlas en el colegio junto a las amigas. Compraba caramelos de menta, de esos que pican y cuanto más lo hacen más deseas repetir, pipas que vendía en unos cartuchitos de papel de los que como no tuvieras cuidado al meterlos en la maleta se derramaba todo y luego te llevabas más tiempo buscando las pipas en el fondo de la maleta, que lo que duraba el recreo. También solía comprarme un regaliz de esos duros que amargan pero que están tan ricos. Cogía aquel palo por un extremo y por el otro empezaba a chuparlo, pero había que ser un poco rápida chupando para gastarlo o sino después no había donde guardarlo debido a que cuando se llenaba de saliva se ponían muy pegajoso. Era más cómodo irlo partiendo en trozos y así si no te daba lugar no tenías todo el regaliz chupeteado, pero a mi me gustaba más entero, sabía igual, pero una era así de caprichosa, porque tampoco se podía morder ya que después se quedaba pegado en las muelas y no había manera de quitarlo y el intentarlo con la uña no estaba muy bien ya que se llenaba todo el dedo de unas babas teñidas por el regaliz y quedaba un poco asqueroso.
Eso no era lo único que me metía en el estómago por las mañanas. Todos los días mi madre me despertaba con su dulce voz. A mí me gustaba más que lo hiciera mi padre, lo hacía igual que ella pero para mí era especial quizás porque él lo hacía tan sólo los fines de semana y, por tanto, lo hacía menos. A veces no necesitaba a ninguno de los dos para despertarme ya que con el olor a leche calentita, a café y tostadas recién hechos era suficiente. Bajaba deprisa besaba a mi madre y me día:
-¿Te has lavado la cara y peinado antes de bajar?
-No mamá.
-¿Y a qué esperas?- y me daba un golpecito en el culo.
-Ya voy mamá.- le decía resignada y volvía arriba.
-No olvides de despertar a la abuela.
Entraba en silencio en el cuarto, algo tonto ya que desde hacía unos años se había quedado sin oído,  años después de quedarse postrada a causa del Alzheimer. Corría las cortinas y dejaba entrar la claridad hasta que no quedaba ni un rincón sin su resplandor. Me acercaba a la cama y la llamaba dándoles unos toquecitos en el hombro y hablándole al oído.
-Abuela despierte ya es hora.
Y al rato abría los ojos, esos ojos perdidos en el infinito del cuarto y contestaba:
-Ya me levanto mamá.
-No soy tu madre sino tu nieta.
-No me quieras engañar.
Cuando decía estas cosas me daba mucho miedo. Creo que nunca se enteró que yo era su nieta ya que le empezó a atacar el Alzheimer a la memoria un par de años antes de que yo naciera.
Después de arreglarme desayunaba mi leche con una tostada untada con mantequilla o mermelada y por el camino me comía una magdalena. Mi madre siempre me hacía comer por las mañanas aunque no tuviera ganas ya que decía que el secreto de tener una buena mañana era tomando un buen desayuno.

De este abandonado desván ha podido desaparecer el mobiliario pero no los recuerdos de toda una vida. Unos recuerdos que me llevan a más de cincuenta años atrás, cuando tan sólo era una mocosa con miles de sueños e ilusiones que subía a estos lugares para revolver los cachivaches que se iban almacenando con los años entre estas paredes y con los que iba construyendo un mundo imaginario, con mi príncipe azul y un suntuoso palacio de cristal y diamante. Nunca faltaba cuando tenía un instante libre, cualquier momento era bueno para subir y pasar las horas muertas curioseando entre los trastos inservibles. Al principio mi padre me castigaba mandándome venir aquí creyendo que yo le tenía miedo a este sitio, a su oscuridad y la soledad, aunque poco a poco fue descubriendo que me deleitaba e incluso a veces lo provocaba para que me mandara.
Una de las cosas que más me gustaba era soñar ante un viejo baúl que pertenecía a mi abuela. Baúl que contenía toda una vida en su interior, había fotos, vestidos, cartas de amor y un diario que poseía las pasiones y secretos mejor guardados de mi abuela y que yo fui desenmarañando entre las palabras escritas desde una joven adolescente a una vencida mujer de más de setenta años. Con cada uno de los objetos que se conservaban en el baúl conocí todo lo que se escondía tras la ausente mirada de mi abuela. Mujer que a los setenta y ocho años se quedó postrada en una cama y nunca dio una señal de vida, mas que su presencia. Esa mirada que se dirigía al infinito, a ningún punto en concreto, a la nada, al ocaso. Mirada carente de vida propia, tan sólo conservaba su brillo y su color verde. Cuando tus ojos se cruzaban con los suyos parecía que te penetraban, te hurgaban en tu interior pero era tan sólo una muestra más de la poca esencia que quedaba en su senil cuerpo, maltratado por los años. Me aterraba el que sus ojos se quedaran fijos en los míos. Temía que en un descuido ella pudiera encontrar mediante mis ojos cosas tan íntimas que no las debía conocer ni una persona que nunca podría contarlo por falta de vida. Aunque en el fondo este cruce de miradas me dejaba en una paz y relajación como si me transmitiera su placidez y armonía.


7 de octubre de 1908
Esta tarde tras el ensayo lo he vuelto a ver. Es un joven tan guapo y apuesto. Todo lo que tengo lo daría por estar con él ahora mismo. ¿Crees que hago mal  pensado a todas horas en él?

8 de octubre de 1908
Si ayer estaba guapo hay está para comérselo, hasta con el grueso abrigo que  llevaba se podía ver su cuerpo serrano. No sé a que se dedicará pero sea lo que  sea tiene que ser un oficio en el que ejercita bien sus músculos.

12 de octubre de 1908
Llevo tres días sin verlo ni un sólo segundo, estoy que no vivo. Nunca creí que el  no verlo me podría traer tal desesperación.
Esperaba con ansias terminar el ensayo con el ballet. Estaba segura que hoy  volvería a estar ahí, en el mismo sitio, pasando por la misma calle, pero no, mi  intuición me ha fallado, el sexto sentido femenino no me ha valido en esta  ocasión. ¿Será que está con otra mujer? Quizás tiene novia y en este instante en  el que yo pienso en él, él está con una joven elegante, bien vestida paseando por  el parque agarrados de la mano, intercambiándose confidencias el uno con el  otro.

14 de octubre de 1908
Sigo sin verlo pasar, ¿será un castigo de Dios por pensar tanto en él? Tiene  que haber alguna forma de localizarlo, pero como, si no conoces ni su nombre. Se  puede ser desdichada pero tanto como yo imposible. Nunca podré comprender  porque hay que sufrir tanto. Si ahora con dieciocho años ya lo paso así cuando  llegue a los cincuenta me muero.

17 de octubre de 1908
Por fin ha aparecido, lo he encontrado más guapo que de costumbre, es que  me vuelvo loca por él. Qué pedazo hombre, quizás demasiado, se le ve bastante  mayor que yo, unos nueve o diez años más, pero no me importa, si se acercara a  mí y me pidiera en matrimonio, no le haría ascos por tener algunos años de más.

29 de octubre de 1908
Hoy una de mis compañeras me ha pillado mirándolo. Creía que me moría. Quería que me tragase la tierra, ya que nadie conoce mi pasión por él, tan sólo  tú, mi diario. Me puse muy nerviosa, más que si se hubiese dado cuenta él. Me  preguntó que si me interesaba ese chico, yo por supuesto se lo negué. Ella siguió  hablando:
-Es un buen chico, muy trabajador, sale poco de su casa y si te gusta por  ahora está libre.
-¿Cómo sabes tanto sobre él?
-Es que es mi primo y tiene muy buenas relaciones con la familia. Es muy  servicial, se dedica a la construcción y cada vez que hay algún chapú en la  familia él va a ayudar.
Sin quererlo estaba recibiendo de la compañera más pedante unas referencias  excelentes de mi amor platónico.
-Y esa maravilla ¿tiene nombre?
-Pues claro, Ignacio.
-Bonito nombre, pero se le ve un poco mayor.
-¡Qué va!, tiene veinticuatro.
-Parece mucho mayor.
-Sí, tanto trabajar lo ha madurado antes.
-Entonces pertenece a la construcción.
-Es albañil desde los dieciséis y se ha convertido en todo un experto. ¿Preguntas demasiado para que no te interese nada?
-Sólo lo hago por matar el tiempo.
Que más puedo pedir ella me lo ha brindado todo en bandeja. Se llama  Ignacio, es un excelente albañil, soltero, sin compromiso y, además, no es tan  mayor como creía, estupendo.


Aquel raído baúl también guardaba el traje con el que debutó mi abuela. Aún conservaba las medias, el malló, el tutú ya estropeados por el tiempo y las zapatillas con las puntas gastadas de tantas horas de ensayo. Cada vez que tenía oportunidad me colocaba todo tal y como se veía en las fotos de mi abuela. Era tan sólo una mocosa pero ya me gustaba soñar ser una gran bailarina. Intentaba simular sus posiciones, posturas sobre las puntas de las zapatillas torpemente atadas a mis piernas. Me iba hacia un gran espejo que había en el desván, un espejo antiquísimo que mi abuela heredó de la suya, ahora complementa el dormitorio de mi hija ya que ha ido pasando de hija a hija cuando nos hemos casado, no sé si aguantará muchas más generaciones el espejo, pero seguro que sí más que yo. Allí ante el espejo hacía mil posturas e imaginaba como había sido aquel debut. Alzaba las manos lo más que alcanzaba. Me estiraba intentando alcanzar el techo y así intentaba girar sobre mis pies. Cerraba los ojos y me veía yo sola en un escenario con grandes señores y señoras aplaudiendo y arrojándome flores.


Hola madre;
Ya queda menos para el gran día, espero que usted y padre puedan venir ese  día a la ciudad y dejar el pueblo para ver mi primera actuación en un teatro. Es  un teatro muy modesto, pequeño, pero para mí es demasiado.
Ya tengo terminado el vestuario, creí que nunca iba a verlo acabado. Cuanto  me ha servido todo lo que me enseñó usted de costura, sino me hubiese tenido  que gastar un dineral en los trajes y ya me cuesta sacar para ir sobreviviendo  en el hostal. La dueña del hostal es muy buena y es quien me ha hecho los  patrones, antes de poner el hostal se dedicaba a la costura, pero con el dinero  de una herencia pudo comprarse el hostal y vivir más desahogada, aunque a  veces tiene que volver a la aguja, porque en algunas temporadas se le quedan  algunas habitaciones vacías y no tiene bastante para sacar adelante el hostal.
20 de junio de 1906

¿Qué  tal  hija  mía?
Yo  sabía  que  te  sabrías  manejar bien  en  la  capital, eres  toda  una mujer. Tu  padre  está  muy  bien  y  lo  tiene  todo  arreglado  para  que  el  día  que  estrenas  podamos  estar. Se  lo  va  a  dejar  todo  encargado  a Marciano.
Te  echo  de  menos, no  me  acostumbro  a  estar  sin  ti, me  hacías  tanta compañía, ahora  es  cuando  siento  no  haber  tenido  otro  hijo, pero  bueno tú  vales  por  siete  y  si  lo  que  haces  es  por  tu  bien  me  alegro  mucho.
1 de  julio  de  1906

La letra de mi bisabuela era irregular y descuadrada, con el trazo de una persona casi analfabeta. Sólo sabía lo que mi abuela le había enseñado en los días de frío invierno con lluvia y no salía a trabajar. Como me hubiese gustado estar en el debut de mi abuela ya que en el mío no pude estar porque nunca llegó, tuve una enfermedad que me lo impidió.

Tenía diez años cuando tras ver los recuerdos de mi abuela pensé que quería llegar a ser bailarina como ella. Mi madre me llevó a una academia de baile clásico y allí estuve durante varios meses hasta que casi al año me empezaron unos dolores en la espalda que me hacían imposible seguir bailando. Tras muchas pruebas me detectaron un comienzo de atrofia muscular, que afortunadamente se me paró pero me prohibieron a partir de entonces movimientos bruscos y tuve que dejar el baile. Al menos me queda el consuelo que la enfermedad no fue a más ya que pensaban que en poco tiempo me quedaría en una silla de ruedas. Por tanto, los sueños de ser algún día lo que mi abuela no fue por causas del destino y el amor no lo pude lograr, se esfumaron. Fueron tan sólo una estrella fugaz en mi vida.


26 de noviembre de 1908
Hoy ha venido Ignacio a la representación, no sé si será la primera vez que me  ve bailar. Lo he visto hablando con el tramoyista, el cual le está enseñando el  teatro porque creo que las reformas del teatro las va a realizar la empresa  donde trabaja Ignacio. Sería todo un gusto el tenerlo todos los días por aquí.

28 de noviembre de 1908
Ya se ha confirmado que su empresa hará las obras.

1 de diciembre de 1908
Le he pedido a la prima de Ignacio que nos presente. Me ha costado mucho  trabajo decírselo, era confesar que me moría por él.

Lo que sigue creo que se lo pueden imaginar. Desde el primer día fueron tal para cual, con tan sólo dirigirse una mirada se lo decían todo en un idioma que sólo pueden conocer aquellos que verdaderamente crean en el amor.


Ya ha llegado la hora de irme, de tener que abandonar esta casa, este desván con todos sus recuerdos. Nunca más podré volver a contemplar estas paredes. Sobre los restos de esta casa se construirá un gran edificio, habrá mucha gente pero se perderá el espíritu de vecindario. Aquellos días, tardes, noches sólo quedarán en mi mente. La niña que soñaba en ser una bailarina quedó en el pasado, delante del espejo dando vueltas y más vueltas sobre las puntas de los pies por el desván, hasta que en cualquier momento caiga desfallecida y se duerma ante el espejo y los recuerdos de su abuela.


                                                                                           *Incluído en el libro "Mirando al Sur" 
                                                                                                          (c) Sebastián García Hidalgo

domingo, 18 de enero de 2015

PRÓLOGO DE SABERSE OLVIDADO (MONCHO BORRAJO)




Prólogo

He de reconocer que una gran mayoría de los libros que tratan la homosexualidad se me caen de las manos en cuanto el sexo entra en sus páginas. Los autores con su petulancia nos quieren enseñar a los demás sin el menor pudor lo liberados que son y todo lo que han vivido. El que hoy os presento, es todo lo contrario, por lo tanto si lo que buscáis en él son emociones carnales y motivos para calentar vuestro motor algo oxidado, mejor que lo dejéis porque no cumple tales expectativas. Éste es un libro de sentimientos, de afectos sencillos pero profundos, de esos que te dejan un sabor agridulce en la boca y la sensación de haber vivido algo parecido, o posiblemente el quererlo vivir.
Sebastián en este libro nos hace recordar las cosas sencillas de la vida. En este caso la vida de una persona que entre otras muchas cosas es homosexual. No es por ello que la historia sea importante, aunque sí aporte ese toque especial al serlo él, si no por hacerlo de forma sencilla sin barroquismos andaluces que solo complicarían la historia y la harían pedante y posiblemente plúmbea.

Se me conoce por ser una persona que en los espectáculos habla mucho, muy deprisa y mucho tiempo seguido. este caso no es un espectáculo mío si no presentar el libro de una persona a la que quiero y que ha tenido que caminar por derroteros difíciles al tener que luchar contra el plagio y el ser novel en esto de las editoriales, pero con todo y más, espero que esta vez sea acogido su libro como se merece.
Algunos pueden opinar que este prólogo es corto, pero hablar más del libro sería abrir demasiadas puertas y partir de la base que el lector necesita explicaciones para poder adentrarse en la historia, y eso no sería justo ni para el lector ni para Sebastián.

¡Gracias amigo! por hacerme pasar un tiempo de lectura repleto de emociones sencillas. No es malo si al final de leerlo os cae una lágrima de los ojos como me pasó a mi, es maravilloso, solo es que aun podemos emocionarnos.
Por favor nunca os sintáis olvidados

                      Moncho Borrajo




miércoles, 25 de junio de 2014

MUDANZA (Fragmento inédito de Saberse Olvidado)




Tengo que darle la vuelta al casete. Tengo que ir hasta el otro lado del dormitorio. Lo mejor será cambiar de cinta porque ésta está un poco gastada ya. Busco en la caja donde tengo los recopilatorios grabados durante todos estos años. Llevamos tantas horas perdidas escuchando la radio para ir encontrando todas esas músicas e ir atrapándolas en esas decenas de casetes. Cuántas tardes hemos pasado juntos encerrados en mi cuarto con la escusa de escuchar música. Podíamos repetir un día tras otro sin que mis padres pudieran decir nada. Y lo mejor eran las épocas de exámenes en que se quedaba en casa a estudiar toda la noche. Compartíamos escritorio, horas de insomnio y otras tantas durmiendo en la misma cama.

En el salón está mi padre terminando de empaquetar los últimos bultos. Yo debería haber hecho lo mismo con los mil recuerdos encerrados en mi dormitorio pero no habría suficientes cajas para meter tantos.
- Milio ¿te queda mucho?
- No mamá.
- Pues date prisa que tienes que ayudar a tu padre a bajar las cajas.
- Vale.
No deseo terminar nunca, ni tener que abandonar estas cuatro paredes.

Tengo que decidir qué me llevo y qué tiro. En el piso no puede quedar nada. Mi padre ya lo ha alquilado y lo ocupan dentro de unos quince días. Por mí lo metería todo pero sé que esto no me haría ningún bien. Cartas, entradas de cine, libros que leímos juntos. Recuerdos de días que ya no volverán.  Romper es desconectar por completo con todo. Debo dejar atrás todo lo que no quiera que me acompañe en mi nueva vida y Ale ya no lo hará más. Será duro tener que hacer borrón y cuenta nueva y obviar que todos estos años sucedieron. Nunca podré olvidar tantos momentos de felicidad, pero debo empezar a hacerlo y el primer paso es meter todo en una bolsa y tirarlo en el contenedor.
Ya tengo una bolsa negra de basura llena de retazos de un amor. Lo último que he encontrado han sido las fotos de la acampada en el lago. Del día que nos dimos nuestro primer beso, del que nos declaramos nuestros sentimientos. En todas salíamos agarrados por los hombros cómplices del secreto que guardábamos. Nuestros compañeros completan la escena ignorantes de qué significaban nuestras sonrisas.   Hay en especial una en la que salimos los dos solos. Que guapo es Ale. Lo amo. Va a ser duro resignarse a no volverlo a ver. Ésta no puedo tirarla, me la quedaré y éste será el único recuerdo que me lleve de los dos.

He terminado de ayudar a mi padre a bajar todas las maletas. Solo queda dejarlo todo ordenado para cuando venga mañana el camión de la mudanza se lo termine de llevar todo. Creo que he visto a Ale en el parque de enfrente de mi bloque. Estaba sentado en un banco vigilando todos nuestros movimientos. Intentaba esconderse tras unos matorrales pero él es inconfundible. Me voy a asomar por la ventana de mi cuarto con cuidado que no me  vea.
Tiene hundida la cara entre sus brazos, la levanta y se puede ver como llora desconsolado. Me rompe el corazón. No puedo ver así a la persona que tanto amo. Por mi saldría corriendo, lo abrazaría y lo consolaría. Me es imposible. Tengo que controlarme. Yo intento ser fuerte pero mis lágrimas no. Inundan ya mis parpados y las intento retener hasta que se desbordan y se precipitan por mis mejillas.

“Ale te amo y te deseo”, me gustaría gritarle desde la ventana. Los golpes con los nudillos de mi madre en la puerta hacen volver mi mente a mi marcha y los aleja de deseos que no me llevarán a nada.

Ultima vez que salgo de este portal, al que nunca más volveré. No lo veo. Ya no está en el mismo banco. ¿Se habrá ido? Intento buscarlo pero sin llamar mucho la atención. No quiero que se de cuenta como lo busco con ansiedad para poder verlo. Agacho la cabeza cabizbajo. Mi intento de buscarlo ha sido en vano. Lo último que recordaré de Ale será lo que vi desde mi ventana, como lloraba desconsolado al ver que nuestra separación ya no tenía vuelta atrás.


Fragmento inédito de "Saberse olvidado"
(c) Sebastián García Hidalgo

jueves, 29 de mayo de 2014

EL BAÚL





Cierro los ojos cada vez que meto la mano en el baúl de la abuela para sentir cada una de las vivencias que tiene oculto e imaginar como fue ella en esas fotos desaparecidas de su juventud. Siempre he querido ser como ella, tener su valentía y su coraje. Al llegar al fondo siempre tropiezo con las peinas y orquillas de su moño y con sus pantaloncitos cortos de domingo de su niñez.


(c) Sebastián García Hidalgo
Incluido en Bocados sabrosos III

martes, 22 de abril de 2014

DE NIÑA A MUJER





A las diez horas.
Lucía nació gordita, con casi muñones en vez de manos. No se diferenciaba bien donde se iban articulando cada una de sus extremidades. Después de pasar varias horas la niña ya tenía mejor color. Está sonrosada, su piel brilla al tensarse cuando dobla sus bracitos. Todo en su cara es alegría, al rozarle sus mejillas con los dedos se ríe y, pletórica, suelta sonoras carcajadas.

A los cuatro años.
Es su primer día de clase en el jardín de infancia. El mismo día que cumple años empieza su carrera en la enseñanza. Lucía va creciendo y a la vez estilizando. Quedan atrás esas carnes rollizas. La tez se le va palideciendo, va tomando un color más uniforme.
Aún no se viste sola, pero ya sabe lo que le gusta ponerse y lo que no.  Cuando algo no es de su agrado pierde la sonrisa y se transforma en un mohín de rebeldía.

A los diez años.
Ella no lo sabe, pero este será el día en el que todo cambiará en su vida. Los padres de Lucía tienen su última discusión como feliz matrimonio. Desde su dormitorio escucha cómo se insultan con reproches y desdenes. La cabeza bajo la colcha no le sirve para amortiguar ese martilleo en sus oídos, demasiado pequeños para aquella tortura. Tantos años de aguantar todas esas peleas le han servido para hacerse fuerte, pero no inmune.
Está muy alta para su edad pero también por etapas demasiado escuálida. Los días en que la relación de sus padres empeora ella deja de comer, se le cierra el estómago y alguna de esas rachas puede durar semanas, demasiado tiempo para una niña como ella.

A los dieciocho años.
Lucía lleva viviendo ocho años a galope entre dos ciudades, distantes más de doscientos kilómetros. Hoy cumple su mayoría de edad y desearía como regalo de cumpleaños el acercamiento entre sus progenitores. Llevan más de cinco años sin hablarse más de lo necesario  e imprescindible, que es lo relacionado a su hija. Cada uno tiene ya su vida rehecha y ella con el corazón roto y dividido.
Como no ha conseguido reunirlos a todos para la celebración, ha decido festejar con sus amigos y con su novio. Lucía es una post adolescente bellísima. Alta, delgada, de piel clara y a sus pómulos han vuelto aquellos brillos sonrosados de cuando bebé. Luis le ha devuelto la alegría y la ilusión por vivir. Reza cada noche para que a ellos no les pase lo mismo que a sus padres y que nadie sufra por su separación como ella lo ha hecho durante todos estos años.



(c) Sebastián García Hidalgo

sábado, 15 de febrero de 2014

CERDO HOMO



  cityroyalty.com                                  


Hoy he ido al trabajo andando para pasarme por la floristería y comprarle la rosa a Teresa. Buscando una floristería que no estuviera hasta los topes pasé por uno de esos horrendos barrios, que eliminaría radicalmente, como son los exclusivamente homosexuales.
Toman un barrio antiguo en ruinas. Lo arreglan y allí se concentran todos los maricas de la ciudad. Donde los deja estar el Ayuntamiento porque así no están desperdigados por toda la ciudad en cualquier lugar.
Que quieres un día ir de excursión y estás harto de ir al parque de atracciones o al zoo, pues muy sencillo, te acercas a uno de estos barrios y en vez de echarle los cacahuetes a los monos se los echas a los maricas y las bollos que pasen por allí.
Podrás encontrar un gran abanico de cosas gay. Desde un bar de ambiente y encuentro, hasta una frutería donde venden fruta gay. Una carnicería donde te aseguran entre las cualidades del cerdo que era homo. En la tienda de ropa de última moda te ofrecen un jersey de lana virgen de oveja lesbiana.
Nos cercan y nos encierran como a los animales en un coto de caza. No debemos permitir esto. No tenemos que luchar por un barrio completamente gay, donde podamos ser todos como en verdad somos. Por lo que debemos pelear es por ser nosotros mismos en cualquier calle, cualquier barrio, cualquier plaza, en cualquier punto de la ciudad sin que nos miren como bichos raros.



Fragmento "Saberse olvidado"
(c) Sebastián García Hidalgo




sábado, 21 de diciembre de 2013

LA BÚSQUEDA





Quizás mañana cuando vuelva como cada día a abrir el armario de la cocina lo encuentre. Miraré de reojo por si acaso se mudó para que no lo alcance. Al final en el último rincón alargaré los dedos. Me da vergüenza reconocerlo. Han pasado ya demasiadas décadas por mis espaldas, pero la textura del chocolate amargo en mi boca derritiéndose es algo que se me hace irresistible.



(c) Sebastián García Hidalgo





viernes, 6 de diciembre de 2013

MALA NOCHE





Creo que aun tengo las lagañas. Llevo los ojos pegados. Que trabajo me cuesta ponerme en pie. Me ha costado arreglarme como cada día. Ya soy como un autómata que sigue una rutina diaria y que tiene bien estudiados y planeados cada uno de los movimientos. Cómo envidio a Rafael, que aprovecha el calor de las sábanas durante un par de horas más. Debería buscarme un trabajo más cerca, como tiene mi marido. Ya he perdido la cuenta de los trasbordos que tengo que hacer en las distintas líneas de metro.

Son las seis y el vagón empieza a tener los primeros pasajeros que, como yo, comienzan su rutinaria jornada. Estoy cansada, que poco he dormido. Teresita otra vez está mala. Deben ser los dientes. Toda la noche en vela deambulando por mi cuarto. Ha estado con alguna décima de fiebre. Si tuviéramos que echar los dientes ahora de mayores seguro que no lo soportaríamos. Nada más pensar cuando intentan salir rompiendo la encía. ¡Qué dolor! Se me revuelve todo el estómago.

El vagón va a rebosar. No me gusta el contacto con gente que no conozco. Me repugna que mi piel roce otra piel extraña. Y tocar la barra de sujeción del metro, eso ya me desquicia. Virus, bacterias, mugre, restos de un individuo desconocido. Cuando llego con Teresita de la calle de haber estado en el parque lo primero que hago es meterla en la bañera. El verla jugar en el cajón de arena y luego pasar sus manitas por las cuerdas del columpio me repulsa, pero debo dejar a la niña danzar a sus anchas y no convertirla en una compulsiva obsesiva como yo. En el bolso siempre llevo el paquete de toallitas húmedas para limpiarle las manitas cuando salimos del recinto.  Ayer tarde, al meterla en su baño tras el juego en el parque con los demás, descubrí la destemplanza de la pequeña. Pensé que sería un virus, alguna infección estomacal o cualquier otra enfermedad banal de niño pequeño. A sus dieciocho meses aun no me acostumbro a descubrir cual puede ser el mal que la aqueja. Que difícil es ser madre primeriza e hija única que nunca ha visto criar otro hermano.

Hoy no he tenido ganas de peinarme y sólo me he cogido una cola de caballo bien tensa. No me ha importado que a mis veintisiete años ya tenga el pelo poblado de canas. Con la melena suelta lo disimulo un poco más. Cuando salga de la oficina tendré que pasarme por el Mercadona a comprarme el tinte cobrizo para cubrirme los primeros síntomas de mi transformación en Copito de nieve. Los empujones en cada una de las paradas de metro me sacan de mis pensamientos y me hacen volver a la realidad. Apretujones, carreras, prisas y yo solo pensando en mi pelo y en mi pequeña enferma. Le he dicho a Rafael que no la lleve a la guardería que la deje en casa de su madre. A la abuela le gusta cuidar de su primera nieta. Le ha costado pero por fin ha tenido una nieta, mis cuñados todos han tenido machotes, para que no se pierda la estirpe. Sé que ella la tendrá bien atendida. Demasiado consentida, pero bien cuidada. Pero para eso están los abuelos: para dar los caprichos a los nietos. Para hacer con ellos lo que no pudieron hacer con sus hijos, ya fuera por falta de tiempo o por la incoherencia de la juventud. La madurez nos hace ver la vida de otra forma. Cada vez está más cerca el fin y por ello hay que aprovechar cada instante. Cuando se es joven se tiene toda la  existencia por delante o al menos eso nos creemos o nos hacemos creer.

Antes de salir he tenido que preparar la bolsa con la ropa de Teresita para que Rafael se la deje a su madre. Sé que él es capaz de arreglarla, pero me quedo más tranquila si lo hago yo personalmente. Sino estaría toda la mañana llamándolo. La abuela también tiene de todo, normalmente la dejamos en su casa cuando está enferma, pero ya lo he dicho antes “haciéndolo yo me quedo más tranquila”. Biberones, leche en polvo, aunque para desayunar sería mejor que le diera un poco de fruta triturada. Anoche no comió nada y le vendría bien meterse algo en el estómago además de la leche. Luego llamo a mi suegra para ver como está y se lo comento.  También le he echado unas mudas por si se mancha. Creo que tendrá suficiente.

Corro para cambiar de línea, por fin mi último transbordo antes de llegar al trabajo. Menos mal que traigo en el bolso la pashmina. Cuando salga de la boca del metro seguro que hace fresco. Empiezan a refrescar ya las mañanas. Anoche hacía frío. La niña pasó toda noche destapándose. No quería apartarme de su lado. Mi madre siempre me ha dicho que la fiebre hay que sudarla. La niña es muy pequeña y no creo que sea bueno que se enfríe a esas horas estando malita. Así que casi no me moví de su cunita. Duerme en la misma habitación que nosotros, pero para poder llegar a la cuna tengo que salir  de mi cama y destaparme. Menos mal que antes de meterme en la cama me puse ya el pijama de invierno, porque con el de verano hubiese pasado frío tanto ir de un lado para otro del dormitorio. Rafael casi ni se inmutó en toda la noche. Cuando Teresita está enferma él normalmente ni se entera. Tiene un sueño muy profundo. Es mi pequeña. Es mi niña. No me importa tener que pasar la noche en vela para cuidarla y ser su enfermera.

Antes de subir a la oficina me pararé en la cafetería de la esquina a tomarme un café y llamar a Rafael desde el teléfono público que hay dentro. Aun estará en casa de su madre y a punto de ir a su trabajo. Seguro que se ha olvidado de algo.




(c) Sebastián García Hidalgo



martes, 12 de noviembre de 2013

DESAYUNO CON DIAMANTES




Acabo de ver –es la vez número treinta o cuarenta– Desayuno con diamantes. Cada vez veo más desgraciada a Holly. Siempre ha sido mi punto de referencia. La persona a la que me quería llegar a parecer. Una persona libre, alegre, sin más problema que pensar qué sombrero ponerse para ir a darle el parte meteorológico a un preso. Sin complicaciones, sin dependencias, libre como su gato, que entraba y salía como Pedro por su casa. Su mayor preocupación era que estuviera el señor Yunioshi para que cuando ella llegara, borracha de alguna fiesta, le abriera la puerta.
Siempre he admirado esa vida loca y con desenfrenos hasta el límite. Guardando la clase, la compostura, el glamour hasta cuando los periodistas la acosaron en la comisaría acusada de colaborar con una banda mafiosa.
Ahora, cada vez que la veo me da más pena la pobre Holly. Atrapada en un mundo del que no puede salir. Es más fuerte el no quererse desprender de esa vida fácil, que luchar por el verdadero amor. Aferrada al recuerdo de su hermano Fred y destrozada al enterarse de su muerte.
No sabría con qué Holly quedarme, si la literaria o la cinematográfica. Son las mismas pero con finales distintos. La primera huye de todo. Escapa de la vida y desaparece en la nada sin dejar señal, mientras que la segunda Holly sigue su corazón y se queda con Paul. Quizá prefiera a la del cine. Me gustaría que fuera más poderosa la fuerza del corazón.

Nadie es realmente feliz. No creo que la mejor forma de serlo resida en huir de los problemas, como hacía Holly, creándose un mundo aparte, sino en luchar contra ellos.


(c) Sebastián García Hidalgo

lunes, 28 de octubre de 2013

SOLEDAD






Derecha, derecha, vuelta a la plaza, cojo la primera  calle y al final del todo la casa de mis padres. Me bajo del coche, ojalá no estén en casa, no quiero que vean que vengo todo el viaje llorando. No quiero que mi madre sufra por mis ojeras. He tenido suerte parece que no hay nadie, que la casa está sola. Meto la llave y tengo que dar tres vueltas. Decidido estaré a solas, cuando hay alguien en casa no echan la llave. Subo al cuarto y me tiro en la cama. Ha sido duro el viaje, tanta lágrima derramada, tantos quebraderos de cabeza de tanto pensar, tantos sin sentidos y recuerdos que me crean tanto daño. Me tiro en la cama y sigo llorando las pocas lágrimas que me quedan aun por derramar.

Escucho gritar a mi madre, me he quedado dormido aquí echado. Mi madre toca la puerta. Me levanto. Me miro en el espejo de mi cuarto, odiosas ojeras que no me dejan vivir estas últimas semanas, ojos hinchados de llorar y dormir. Si me preguntan les diré que es de haberme quedado dormido, no quiero que mi madre sufra mas que yo, que sufra mas de lo necesario. Ella me mirará. Yo le mentiré y ella hará que se lo cree, aunque por  dentro llore en soledad de ver como su niño llora y sufre.

Cierro los ojos y me pongo a relajarme con las notas de Vangelis. Necesito evadirme, centrar mi vida y recolocar todo de nuevo en mi mente. Suena la primera nota y cae la primera lágrima por mi mejilla. Aprieto fuerte los párpados pero eso no hace parar el reguero. Suena el zumbido del Messenger, no tengo ganas de hablar, ¿quién será? A solas, quiero estar a solas, no puedo ni quiero mantener una conversación con nadie ahora. Otro zumbido quién coño será, no quiero que nadie me moleste, sólo quiero oscuridad, soledad y muerte. Debería apagar el ordenador pero es la única unión que tengo con el mundo, es la única realidad que me acompaña aunque sea cibernética. A solas, quiero estar a solas, en la oscuridad de mi cuarto, con mi cuerpo y mi mente en sintonía, pero con mi corazón muy lejos.
Debo dejar de llorar, pero no puedo. Mi mente me dice que me estoy torturando innecesariamente y mi corazón que debo seguir llorando por la persona que más he querido.
Sigo ordenando mi mente y mis recuerdos. Aquí dándole vueltas a la caja de cartón que juntos compramos en el Ikea para guardar los trozos de nuestra vida juntos. Fotos de días inolvidables, fotos de días que mejor olvidar. Cartas de aniversario, tarjetas de amor, el papel de regalo de nuestro primer mesario. El azucarillo de la primera vez que fuimos juntos al Starbucks. Entradas del cine de aquella película que no vimos hasta el final. Trozos de su corazón de cartón. Billetes de autobús de cada vez que nos reencontrábamos. Y nota de despedida.
“Mejor dejarlo aquí, necesito pensar, organizar mi vida, necesito un tiempo para saber lo que de verdad siento. Necesito paz y vivir.”

Un mes desde aquella nota. Un mes desde que no le he vuelto a ver. Un mes sin saber que fue de él. Un mes y aun no pasé el duelo por su pérdida. Sigo llorando cada vez que lo pienso, sigo llorando cada vez que lo creo olvidado. Un mes sin recibir ninguna otra explicación distinta a aquellas palabras del papel. Un mes secándome a cada segundo.

Me monto en el autobús y creo verlo, pero no, no es él. Lo miro y se parece tanto a él. Lo observo y una lágrima empieza a enjugar mis ojos al reconocer sus gestos en aquella persona, pero aquí no puedo llorar, en público no. Él no se merece la compasión de la gente hacia mí. Pero es que se parecen tanto que me hace dudar, pero no me mira, no me reconoce o no me quiere reconocer. Su rostro se refleja en la ventanilla y sin duda es él. La persona que durante más de un año amé. La persona que hoy después de un mes me sigue haciendo vibrar. La persona que después de haberme abandonado con una simple carta sigo amando.

Me he acercado y sí que era él. Ha  mostrado indiferencia, como si fuera un viejo amigo al que hace tiempo que no ve y  sólo saluda por compromiso, deseando que se vaya para acabar y no la persona que supuestamente amó.
Dice que ha comenzado nuevos proyectos, tiene nuevas expectativas que le va muy bien en la vida, que es feliz y que va a ver a su pareja.

Él va a ver a su pareja y yo voy a mi viaje a ninguna parte, con la cabeza agachada y mis lágrimas secas en el corazón.



*Incluído en el libro "Mirando al Sur"  

(c) Sebastián García Hidalgo