jueves, 22 de octubre de 2015

PEQUEÑA BAILARINA

A Soles
Un rayo de sol
brilló sobre su pelo
y con un regaliz
los ojos se agrandó.
(Baras-Marvizón)
Polvo y más polvo es lo único que podemos encontrar en este viejo desván. Tras el paso de los encargados de la mudanza no han dejado nada que me retraiga a otro tiempo. Sólo me quedan mis recuerdos para poder volver atrás. Cuantos recuerdos perdurarán bajo los escombros de esta casa cuando sea demolida. No podré cumplir la promesa que le hice a mis abuelos de mantener esta casa hasta el final de mis días, pero una constructora y la hipoteca que recaía sobre esta casa desde hace más de diez años han podido más que el amor de una nieta con sus abuelos.
Con lo que he luchado por mantener la vivienda de mis antecesores y ahora sólo quedan las paredes y el suelo de madrea, las polvorientas vigas y la ventana hacia..., hacia nada que valga la pena, en otros tiempos sí, ahora no. Ahora tan sólo da a un supermercado, una de esas grandes superficies en las que sólo hay calles monótonas y gente como autómatas cogiendo botes y más botes de comida en conserva de los estantes, con las que no se puede entablar ni la menor conversación ya que no los conocemos. Se va siempre con demasiadas prisas como para pararse a entablar ese primer diálogo. Antes desde el ventanal se podía contemplar la esencia de una ciudad, un pueblo, sus gentes. Enfrente de esta casa había un parque con sus árboles, bancos y los niños correteando tras un balón y a un lado el kiosco de don Miguel, un hombre que vio pasar de niño a adolescente a varias generaciones tras la ventanilla de su kiosco.
Cada mañana le compraba las chucherías a don Miguel para después saborearlas en el colegio junto a las amigas. Compraba caramelos de menta, de esos que pican y cuanto más lo hacen más deseas repetir, pipas que vendía en unos cartuchitos de papel de los que como no tuvieras cuidado al meterlos en la maleta se derramaba todo y luego te llevabas más tiempo buscando las pipas en el fondo de la maleta, que lo que duraba el recreo. También solía comprarme un regaliz de esos duros que amargan pero que están tan ricos. Cogía aquel palo por un extremo y por el otro empezaba a chuparlo, pero había que ser un poco rápida chupando para gastarlo o sino después no había donde guardarlo debido a que cuando se llenaba de saliva se ponían muy pegajoso. Era más cómodo irlo partiendo en trozos y así si no te daba lugar no tenías todo el regaliz chupeteado, pero a mi me gustaba más entero, sabía igual, pero una era así de caprichosa, porque tampoco se podía morder ya que después se quedaba pegado en las muelas y no había manera de quitarlo y el intentarlo con la uña no estaba muy bien ya que se llenaba todo el dedo de unas babas teñidas por el regaliz y quedaba un poco asqueroso.
Eso no era lo único que me metía en el estómago por las mañanas. Todos los días mi madre me despertaba con su dulce voz. A mí me gustaba más que lo hiciera mi padre, lo hacía igual que ella pero para mí era especial quizás porque él lo hacía tan sólo los fines de semana y, por tanto, lo hacía menos. A veces no necesitaba a ninguno de los dos para despertarme ya que con el olor a leche calentita, a café y tostadas recién hechos era suficiente. Bajaba deprisa besaba a mi madre y me día:
-¿Te has lavado la cara y peinado antes de bajar?
-No mamá.
-¿Y a qué esperas?- y me daba un golpecito en el culo.
-Ya voy mamá.- le decía resignada y volvía arriba.
-No olvides de despertar a la abuela.
Entraba en silencio en el cuarto, algo tonto ya que desde hacía unos años se había quedado sin oído,  años después de quedarse postrada a causa del Alzheimer. Corría las cortinas y dejaba entrar la claridad hasta que no quedaba ni un rincón sin su resplandor. Me acercaba a la cama y la llamaba dándoles unos toquecitos en el hombro y hablándole al oído.
-Abuela despierte ya es hora.
Y al rato abría los ojos, esos ojos perdidos en el infinito del cuarto y contestaba:
-Ya me levanto mamá.
-No soy tu madre sino tu nieta.
-No me quieras engañar.
Cuando decía estas cosas me daba mucho miedo. Creo que nunca se enteró que yo era su nieta ya que le empezó a atacar el Alzheimer a la memoria un par de años antes de que yo naciera.
Después de arreglarme desayunaba mi leche con una tostada untada con mantequilla o mermelada y por el camino me comía una magdalena. Mi madre siempre me hacía comer por las mañanas aunque no tuviera ganas ya que decía que el secreto de tener una buena mañana era tomando un buen desayuno.

De este abandonado desván ha podido desaparecer el mobiliario pero no los recuerdos de toda una vida. Unos recuerdos que me llevan a más de cincuenta años atrás, cuando tan sólo era una mocosa con miles de sueños e ilusiones que subía a estos lugares para revolver los cachivaches que se iban almacenando con los años entre estas paredes y con los que iba construyendo un mundo imaginario, con mi príncipe azul y un suntuoso palacio de cristal y diamante. Nunca faltaba cuando tenía un instante libre, cualquier momento era bueno para subir y pasar las horas muertas curioseando entre los trastos inservibles. Al principio mi padre me castigaba mandándome venir aquí creyendo que yo le tenía miedo a este sitio, a su oscuridad y la soledad, aunque poco a poco fue descubriendo que me deleitaba e incluso a veces lo provocaba para que me mandara.
Una de las cosas que más me gustaba era soñar ante un viejo baúl que pertenecía a mi abuela. Baúl que contenía toda una vida en su interior, había fotos, vestidos, cartas de amor y un diario que poseía las pasiones y secretos mejor guardados de mi abuela y que yo fui desenmarañando entre las palabras escritas desde una joven adolescente a una vencida mujer de más de setenta años. Con cada uno de los objetos que se conservaban en el baúl conocí todo lo que se escondía tras la ausente mirada de mi abuela. Mujer que a los setenta y ocho años se quedó postrada en una cama y nunca dio una señal de vida, mas que su presencia. Esa mirada que se dirigía al infinito, a ningún punto en concreto, a la nada, al ocaso. Mirada carente de vida propia, tan sólo conservaba su brillo y su color verde. Cuando tus ojos se cruzaban con los suyos parecía que te penetraban, te hurgaban en tu interior pero era tan sólo una muestra más de la poca esencia que quedaba en su senil cuerpo, maltratado por los años. Me aterraba el que sus ojos se quedaran fijos en los míos. Temía que en un descuido ella pudiera encontrar mediante mis ojos cosas tan íntimas que no las debía conocer ni una persona que nunca podría contarlo por falta de vida. Aunque en el fondo este cruce de miradas me dejaba en una paz y relajación como si me transmitiera su placidez y armonía.


7 de octubre de 1908
Esta tarde tras el ensayo lo he vuelto a ver. Es un joven tan guapo y apuesto. Todo lo que tengo lo daría por estar con él ahora mismo. ¿Crees que hago mal  pensado a todas horas en él?

8 de octubre de 1908
Si ayer estaba guapo hay está para comérselo, hasta con el grueso abrigo que  llevaba se podía ver su cuerpo serrano. No sé a que se dedicará pero sea lo que  sea tiene que ser un oficio en el que ejercita bien sus músculos.

12 de octubre de 1908
Llevo tres días sin verlo ni un sólo segundo, estoy que no vivo. Nunca creí que el  no verlo me podría traer tal desesperación.
Esperaba con ansias terminar el ensayo con el ballet. Estaba segura que hoy  volvería a estar ahí, en el mismo sitio, pasando por la misma calle, pero no, mi  intuición me ha fallado, el sexto sentido femenino no me ha valido en esta  ocasión. ¿Será que está con otra mujer? Quizás tiene novia y en este instante en  el que yo pienso en él, él está con una joven elegante, bien vestida paseando por  el parque agarrados de la mano, intercambiándose confidencias el uno con el  otro.

14 de octubre de 1908
Sigo sin verlo pasar, ¿será un castigo de Dios por pensar tanto en él? Tiene  que haber alguna forma de localizarlo, pero como, si no conoces ni su nombre. Se  puede ser desdichada pero tanto como yo imposible. Nunca podré comprender  porque hay que sufrir tanto. Si ahora con dieciocho años ya lo paso así cuando  llegue a los cincuenta me muero.

17 de octubre de 1908
Por fin ha aparecido, lo he encontrado más guapo que de costumbre, es que  me vuelvo loca por él. Qué pedazo hombre, quizás demasiado, se le ve bastante  mayor que yo, unos nueve o diez años más, pero no me importa, si se acercara a  mí y me pidiera en matrimonio, no le haría ascos por tener algunos años de más.

29 de octubre de 1908
Hoy una de mis compañeras me ha pillado mirándolo. Creía que me moría. Quería que me tragase la tierra, ya que nadie conoce mi pasión por él, tan sólo  tú, mi diario. Me puse muy nerviosa, más que si se hubiese dado cuenta él. Me  preguntó que si me interesaba ese chico, yo por supuesto se lo negué. Ella siguió  hablando:
-Es un buen chico, muy trabajador, sale poco de su casa y si te gusta por  ahora está libre.
-¿Cómo sabes tanto sobre él?
-Es que es mi primo y tiene muy buenas relaciones con la familia. Es muy  servicial, se dedica a la construcción y cada vez que hay algún chapú en la  familia él va a ayudar.
Sin quererlo estaba recibiendo de la compañera más pedante unas referencias  excelentes de mi amor platónico.
-Y esa maravilla ¿tiene nombre?
-Pues claro, Ignacio.
-Bonito nombre, pero se le ve un poco mayor.
-¡Qué va!, tiene veinticuatro.
-Parece mucho mayor.
-Sí, tanto trabajar lo ha madurado antes.
-Entonces pertenece a la construcción.
-Es albañil desde los dieciséis y se ha convertido en todo un experto. ¿Preguntas demasiado para que no te interese nada?
-Sólo lo hago por matar el tiempo.
Que más puedo pedir ella me lo ha brindado todo en bandeja. Se llama  Ignacio, es un excelente albañil, soltero, sin compromiso y, además, no es tan  mayor como creía, estupendo.


Aquel raído baúl también guardaba el traje con el que debutó mi abuela. Aún conservaba las medias, el malló, el tutú ya estropeados por el tiempo y las zapatillas con las puntas gastadas de tantas horas de ensayo. Cada vez que tenía oportunidad me colocaba todo tal y como se veía en las fotos de mi abuela. Era tan sólo una mocosa pero ya me gustaba soñar ser una gran bailarina. Intentaba simular sus posiciones, posturas sobre las puntas de las zapatillas torpemente atadas a mis piernas. Me iba hacia un gran espejo que había en el desván, un espejo antiquísimo que mi abuela heredó de la suya, ahora complementa el dormitorio de mi hija ya que ha ido pasando de hija a hija cuando nos hemos casado, no sé si aguantará muchas más generaciones el espejo, pero seguro que sí más que yo. Allí ante el espejo hacía mil posturas e imaginaba como había sido aquel debut. Alzaba las manos lo más que alcanzaba. Me estiraba intentando alcanzar el techo y así intentaba girar sobre mis pies. Cerraba los ojos y me veía yo sola en un escenario con grandes señores y señoras aplaudiendo y arrojándome flores.


Hola madre;
Ya queda menos para el gran día, espero que usted y padre puedan venir ese  día a la ciudad y dejar el pueblo para ver mi primera actuación en un teatro. Es  un teatro muy modesto, pequeño, pero para mí es demasiado.
Ya tengo terminado el vestuario, creí que nunca iba a verlo acabado. Cuanto  me ha servido todo lo que me enseñó usted de costura, sino me hubiese tenido  que gastar un dineral en los trajes y ya me cuesta sacar para ir sobreviviendo  en el hostal. La dueña del hostal es muy buena y es quien me ha hecho los  patrones, antes de poner el hostal se dedicaba a la costura, pero con el dinero  de una herencia pudo comprarse el hostal y vivir más desahogada, aunque a  veces tiene que volver a la aguja, porque en algunas temporadas se le quedan  algunas habitaciones vacías y no tiene bastante para sacar adelante el hostal.
20 de junio de 1906

¿Qué  tal  hija  mía?
Yo  sabía  que  te  sabrías  manejar bien  en  la  capital, eres  toda  una mujer. Tu  padre  está  muy  bien  y  lo  tiene  todo  arreglado  para  que  el  día  que  estrenas  podamos  estar. Se  lo  va  a  dejar  todo  encargado  a Marciano.
Te  echo  de  menos, no  me  acostumbro  a  estar  sin  ti, me  hacías  tanta compañía, ahora  es  cuando  siento  no  haber  tenido  otro  hijo, pero  bueno tú  vales  por  siete  y  si  lo  que  haces  es  por  tu  bien  me  alegro  mucho.
1 de  julio  de  1906

La letra de mi bisabuela era irregular y descuadrada, con el trazo de una persona casi analfabeta. Sólo sabía lo que mi abuela le había enseñado en los días de frío invierno con lluvia y no salía a trabajar. Como me hubiese gustado estar en el debut de mi abuela ya que en el mío no pude estar porque nunca llegó, tuve una enfermedad que me lo impidió.

Tenía diez años cuando tras ver los recuerdos de mi abuela pensé que quería llegar a ser bailarina como ella. Mi madre me llevó a una academia de baile clásico y allí estuve durante varios meses hasta que casi al año me empezaron unos dolores en la espalda que me hacían imposible seguir bailando. Tras muchas pruebas me detectaron un comienzo de atrofia muscular, que afortunadamente se me paró pero me prohibieron a partir de entonces movimientos bruscos y tuve que dejar el baile. Al menos me queda el consuelo que la enfermedad no fue a más ya que pensaban que en poco tiempo me quedaría en una silla de ruedas. Por tanto, los sueños de ser algún día lo que mi abuela no fue por causas del destino y el amor no lo pude lograr, se esfumaron. Fueron tan sólo una estrella fugaz en mi vida.


26 de noviembre de 1908
Hoy ha venido Ignacio a la representación, no sé si será la primera vez que me  ve bailar. Lo he visto hablando con el tramoyista, el cual le está enseñando el  teatro porque creo que las reformas del teatro las va a realizar la empresa  donde trabaja Ignacio. Sería todo un gusto el tenerlo todos los días por aquí.

28 de noviembre de 1908
Ya se ha confirmado que su empresa hará las obras.

1 de diciembre de 1908
Le he pedido a la prima de Ignacio que nos presente. Me ha costado mucho  trabajo decírselo, era confesar que me moría por él.

Lo que sigue creo que se lo pueden imaginar. Desde el primer día fueron tal para cual, con tan sólo dirigirse una mirada se lo decían todo en un idioma que sólo pueden conocer aquellos que verdaderamente crean en el amor.


Ya ha llegado la hora de irme, de tener que abandonar esta casa, este desván con todos sus recuerdos. Nunca más podré volver a contemplar estas paredes. Sobre los restos de esta casa se construirá un gran edificio, habrá mucha gente pero se perderá el espíritu de vecindario. Aquellos días, tardes, noches sólo quedarán en mi mente. La niña que soñaba en ser una bailarina quedó en el pasado, delante del espejo dando vueltas y más vueltas sobre las puntas de los pies por el desván, hasta que en cualquier momento caiga desfallecida y se duerma ante el espejo y los recuerdos de su abuela.


                                                                                           *Incluído en el libro "Mirando al Sur" 
                                                                                                          (c) Sebastián García Hidalgo

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